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Volvamos a lo esencial
Sevilla, Betania, 7, 14, II,  2009

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7 de feberro de 2009 - Retiro para Hermanos Mayores y Tenientes Hermanos Mayores de Hermandades y Cofradías de la Archidiócesis de Sevilla

14 de febrero de 2009 - Retiro para Hermanos Mayores y Tenientes Hermanos Mayores de Hermandades y Cofradías de la Archidiócesis de Sevilla
Zonas Norte, Sur y Este de Sevilla

 

 1.       Saludo cordialmente al Sr. Delegado Diocesano de Hermandades y Cofradías, y a todos vosotros Hermanos Mayores y Tenientes de Hermano Mayor, que habéis querido acudir a esta cita. A todos os traigo el saludo cordial del Sr. Cardenal Arzobispo, que al encargarme este retiro, para darme la oportunidad de entrar en contacto con vosotros, me pedía que os saludara en su nombre y os trajera su bendición. Doy gracias a Dios, que me permite encontrarme por primera vez con vosotros. Os manifiesto mi alegría por este encuentro y también mi afecto y aprecio por las Hermandades, el mismo que he tenido ocasión de manifestar en la docena de entrevistas periodísticas que me han hecho en las últimas semanas al preguntarme cómo iba a ser mi relación con vosotros, el mismo aprecio y afecto que he mantenido a lo largo de más de cinco años con las Hermandades y Cofradías de la Iglesia hermana de Córdoba.


2.       No hace muchas semanas un laico de una diócesis castellana, al comentar yo mi pretensión de estar cerca de las Hermandades y Cofradías de nuestra Archidiócesis, me preguntaba si, a mi juicio, estas instituciones seguían teniendo vigencia, si seguían teniendo sentido. Como podéis imaginar, mi respuesta fue positiva, sin ningún tipo de restricciones mentales. Es verdad que en el inmediato postconcilio, es decir en los años setenta, no faltaron voces en la Iglesia que afirmaban que el ciclo vital de las Hermandades y Cofradías estaba periclitado. Supuestamente habrían cumplido una etapa importante en la vida de la Iglesia, pero ahora estarían condenadas a desaparecer. Hoy nadie se atrevería a hacer estas afirmaciones. Nacidas en la Edad Media, han sido las primeras formas de organización del laicado católico, desarrollando a través de los siglos una función importantísima.


3.       En el momento presente la Iglesia está viviendo una nueva época en la vida asociativa de los fieles laicos. Lo advertía ya el Papa Juan Pablo II en la exhortación apostólica Christifideles laici, 29. El Espíritu Santo está inspirando hoy nuevos carismas, capaces de regenerar el impulso misionero de las comunidades eclesiales y de suscitar una extraordinaria radicalidad evangélica en las opciones de vida de muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo. Me refiero a los nuevos Movimientos y a otras asociaciones laicales que están surgiendo con mucho vigor, al servicio de la evangelización y el apostolado, que hemos de acoger con gratitud porque son manifestaciones del Espíritu para el bien de la Iglesia. Todas ellas son fuente de firme esperanza. Pero esto no quiere decir que debamos despreciar u olvidar a los carismas antiguos que, no obstante el paso de los siglos, en muchos casos han sabido conservar hasta hoy una extraordinaria vitalidad. La Iglesia debe acoger todos los carismas, cumpliendo así la sentencia del Señor cuando nos habla de aquel hombre que saca de su arca cosas nuevas y cosas viejas (Mt 13,51). La Iglesia, como madre, debe acompañar a todos los carismas, que son regalo del Espíritu Santo,  para que todos juntos cooperen al servicio de la evangelización. La Iglesia, pues, tiene necesidad de vosotros, queridos Hermanos responsables de las Hermandades y Cofradías de nuestra Diócesis y quiere contar con vosotros. En la viña del Señor no sobra nadie. Todos somos necesarios. Por ello, este Obispo, que quiere ser Obispo de todos, os asegura que quiere estar cerca de vosotros, que quiere contar también con vosotros.


4.       He titulado mi exhortación de esta mañana con estas palabras: Volvamos a lo esencial.  ¿Y qué es lo esencial? La respuesta es muy sencilla: aquello sin lo cual cualquier ser o cualquier institución pierde su identidad y deja de ser lo que debe ser. A la esencia del agua corresponde estar formada por dos átomos de hidrógeno y uno de oxigeno. Si al agua le falta el hidrógeno o el oxigeno o ambos elementos a la vez, deja de ser agua; será otra cosa pero no agua, por faltarle algo que pertenece a su esencia y a su identidad más genuina. En el caso de las Hermandades y Cofradías, lo esencial no son aquellos datos que de tanto en tanto aparecen en los medios de comunicación: la adquisición de un nuevo trono, la restauración de tales o cuales piezas artísticas, la variación del recorrido de una procesión, la impugnación de unas elecciones o las divisiones internas entre los hermanos, que es lo que a menudo aparece como lo único interesante, al menos para cierta prensa, que en ocasiones traslada a la opinión pública algo muy distinto de lo que es esencial.


5.       Reitero mi pregunta: ¿qué es lo esencial? La pregunta podría se formulada de otra forma: ¿Cuáles son los datos constitutivos de las instituciones conocidas como Hermandades y Cofradías, y sin los cuales les faltan algunos de sus elementos esenciales y definitorios? La respuesta nos la da la Iglesia en su Código de Derecho Canónico, en cuyo canon 298 nos dice que son asociaciones de fieles aprobadas y erigidas por la autoridad eclesiástica, cuyos fines son "fomentar una vida más perfecta, promover el culto público o la doctrina cristiana, o realizar otras actividades de apostolado, a saber, iniciativas para la evangelización, el ejercicio de obras de piedad o de caridad y la animación con espíritu cristiano del orden temporal". Si nos atenemos, pues, a sus fines, las Hermandades y Cofradías son instituciones de naturaleza religiosa, de una marcada tonalidad religiosa y eclesial. Así lo han sido a lo largo de la historia. En nuestro caso, las Hermandades y Cofradías han sido para muchos creyentes sevillanos camino de santificación, estímulo para amar más a Jesucristo, a la Iglesia y a sus hermanos. Es una constatación que surge espontánea hojeando simplemente las monografías en las que se recoge la andadura histórica de vuestras  Hermandades. Y así tiene que seguir siendo, porque ésta es la verdad más profunda de estas instituciones a las que tanto amáis.


6.       Para que lo sigan siendo, todos necesitamos convertirnos, renovarnos y nacer de nuevo. A la Iglesia, en su andadura histórica se le va pegando el polvo del camino. Por ello necesita convertirse cada día para que sea como debe ser la esposa de Cristo, sin mancha ni arruga, el sacramento de Jesucristo y la prolongación de la Encarnación, la Encarnación continuada, es decir, Cristo que sigue en medio de nosotros, predicando y enseñando, perdonando los pecados, acogiendo a todos, sanando y santificando. La Iglesia, pues, debe estar en una permanente actitud de renovación y de reforma. Lo deben estar también cada una de sus instituciones. Y lo debemos estar también cada uno de sus hijos. Por ello, la Iglesia pone en el corazón del año litúrgico el tiempo santo de Cuaresma, que iniciaremos el próximo día 25 con el Miércoles de Ceniza,  un tiempo propicio y favorable, en el que nos preparamos para una participación activa y fructuosa en el Misterio Pascual, en los misterios de la pasión, muerte y resurrección del Señor, que constituyen el núcleo de la mayor parte de vuestras instituciones.

                                               

7.       La conversión no es patrimonio ni obligación exclusiva de los grandes pecadores, de los pecadores notorios y públicos, sino que es obligación y deber de cada cristiano. Como dice el apóstol Santiago, En muchas cosas erramos todos (Sant 3,2). Ninguno de nosotros es tan perfecto, tan bueno, tan cumplidor y tan santo que esté exonerado de rezar cada día el Yo confieso, el Yo pecador. Y porque todos somos pecadores, todos necesitamos convertirnos. En la oración colecta del próximo Miércoles de Ceniza pediremos al Señor que nos fortalezca con su auxilio para mantenernos en espíritu de conversión. ¿Y que es la conversión? La respuesta es muy sencilla: la vuelta del hombre entero a Dios, con todo lo que es y lo que tiene. En la primera lectura del Miércoles de Ceniza nos dirá el Señor por boca del profeta Joel: "convertíos a mí de todo corazón" (Jl 2,12). Efectivamente, nuestra conversión debe comenzar por el corazón. Mientras para la filosofía griega el alma, principio de la vida, residía en la cabeza, en las concepciones filosóficas de los pueblos semitas, de la que es deudora la Biblia, el alma, fuente de la vida, de los sentimientos y de los afectos, reside en el corazón, del que brota la bondad y la maldad, que después rebosan y se manifiestan en nuestra boca y en nuestras obras.


8.       Por ello, en el tiempo litúrgico que vamos a iniciar el Señor nos llama a la conversión del corazón, a rasgar los corazones y no las vestiduras (Jl 2,13).  No se trata, pues, de un cambio de atuendo o de una transformación cosmética y externa, sino de penetrar con hondura y verdad en las entretelas del corazón, en lo más recóndito de nuestro mundo interior, aquello que sólo Dios y nosotros conocemos, con el bisturí del examen sincero de nuestra vida, para descubrir nuestras miserias, claudicaciones e infidelidades, el egoísmo, la envidia, la impureza, la insolidaridad, la tibieza y la resistencia sorda a la gracia de Dios, es decir, la triste realidad del pecado en nosotros, que probablemente no es fruto de la maldad, pero sí de la cobardía y la debilidad.


9.       Para realizar esta tarea, insoslayable en la Cuaresma, que, si ha de ser completa, conlleva también una cirugía profunda de los apegos que nos esclavizan y separan de Dios, es imprescindible el desierto, la soledad y el silencio, a imitación de Jesús, que para iniciar la epopeya de nuestra salvación, se retira al Monte de la Cuarentena para estar a solas con el Padre. En esta sociedad tan ruidosa en la que todos estamos inmersos, corremos el riesgo de vivir permanentemente extrovertidos y alienados. Por ello, necesitamos del desierto y el silencio, para penetrar con hondura, sinceridad y verdad dentro de nosotros mismos, tomarnos el pulso y la temperatura de nuestra vida y descubrir si estamos caminando como Dios quiere o caminamos en vano.


10.     Actitud fundamental en la Cuaresma es también la oración y la escucha de la Palabra de Dios. En ella confrontamos nuestro tono espiritual débil y vacilante con el plan de Dios sobre nosotros. En ella reconocemos nuestras miserias, nos encomendamos a la piedad del Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia, que nos perdona siempre. En la oración impetramos de Dios un corazón nuevo y le pedimos que nos renueve por dentro con espíritu firme, que nos conceda experimentar la alegría de su salvación y nos afiance con espíritu generoso en la amistad e intimidad con él. Es, pues, inexcusable que en el camino de nuestra Cuaresma busquemos espacios más largos que de ordinario para la oración intensa, humilde, confiada, que nos ayude a ahondar en el espíritu de conversión. (Diálogo de Ignacio de Loyola y Francisco Javier en el Divino impaciente de Pemán. Somos lo que rezamos, Juan Pablo II, en el libro de carácter autobiográfico Don y Misterio). 


11.     Junto al desierto y la oración, los otros caminos de la Cuaresma son la limosna discreta y silenciosa, sólo conocida por el Padre que ve en lo secreto (Mt 6,4), como nos dice el Señor en el Evangelio y que sale al paso de nuestros hermanos pobres y necesitados, que en esta coyuntura son legión, como consecuencia de la crisis económica; el ayuno que prepara el espíritu y lo hace más dócil a la gracia de Dios; la mortificación voluntaria que nos une a la Pasión de Cristo y que, ofrecida a Dios, es fuente de energía sobrenatural para la Iglesia; y la aceptación del dolor, de las dificultades y los sufrimientos que la vida de cada día, la convivencia y nuestras propias limitaciones  físicas o psicológicas nos deparan y que hemos de ofrecer al Señor como sacrificio de alabanza y como reparación por nuestros propios pecados y los pecados del mundo.


12.     En la Iglesia primitiva, un campo específico en el camino de la Cuaresma era el perdón de los enemigos. También para nosotros debe ser un camino peculiar de Cuaresma la renovación de nuestra fraternidad, la conversión a nuestros hermanos, el perdón incluso a los enemigos, la purificación de la memoria individual como fruto de la propia experiencia del perdón y de la misericordia de Dios en el sacramento de la penitencia. Para nosotros los cristianos no pueden ser inocuas o vacías de contenido las palabras de Jesús en el Evangelio: "Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian" (Lc 6,27); "Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen y calumnian, para que seáis hijos de vuestro Padre del cielo que hace salir su sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos" (Mt 5,44-45); "El amor no toma cuenta del mal" (1 Cor 13,5). El cristiano debe perdonar incluso a aquel que le ha ofendido y golpeado injustamente. El Señor ha ido por delante, nos ha dado ejemplo y espera que nosotros le sigamos, considerando al otro no como un enemigo, sino como un hermano.


13.     El próximo Miércoles de Ceniza el sacerdote depositará sobre nuestras cabezas la ceniza en señal de humildad y penitencia, porque nos recuerda nuestro origen y destino y nos llama a convertirnos y a creer en el Evangelio. Entonces escucharemos la invitación apremiante que nos hace San Pablo a dejarnos reconciliar con Dios (2 Cor 5,20), a dejarnos reconquistar por él, que está siempre dispuesto, como en el caso del hijo pródigo, a acogernos, a recibirnos, a abrazarnos y a restaurar en nosotros la condición filial. Os invito a tomar muy en serio este tiempo de gracia y salvación que vamos a comenzar; a no echar en saco roto la gracia de Dios (2 Cor 6,1), que va a derramarse a raudales sobre nosotros en esta nueva Pascua, en este nuevo paso del Señor junto a nosotros, a la vera de nuestras vidas para convertirlas, infundirles su hálito, recrearlas y renovarlas. Abridle con generosidad las puertas de vuestros corazones y de vuestras vidas.


14.     Queridos Hermanos responsables de las Hermandades y Cofradías de nuestra Archidiócesis: que los árboles de nuestros quehaceres pastorales, de nuestros trabajos profesionales, de las prisas que a todos nos acucian, de la preparación de los cultos y procesiones, no nos impidan ver el bosque de lo esencial en esta Cuaresma y en la Semana Santa que ya adivinamos en lontananza. En las próximas semanas, va a ser muy importante para vosotros los Cofrades revivir una vez más vuestras hermosas y añejas tradiciones. Creedme si os digo que sólo una cosa es decisiva, justamente la que las acredita y legitima: nuestra vuelta al Señor, nuestra conversión a él. Que nada nos distraiga de lo esencial, Jesucristo, que es mucho más que una idea, un sentimiento, unas tradiciones e, incluso, que un sistema de valores éticos y morales. Sólo el encuentro personal, hondo y cálido, con Jesucristo salvador y redentor del hombre y del mundo, vivo en su Iglesia, que transforma nuestras vidas desde dentro y que se hace presente de modo eminente en la liturgia del Triduo Pascual, dará sentido y autenticidad a todo lo demás. Que con la fuerza de su Espíritu, nos dejemos reconciliar con él, ganar y conquistar por él. éste será el mejor fruto de la Cuaresma que vamos a iniciar. Qué bueno sería que todos nos preparáramos para vivir el Misterio Pascual con una buena confesión, acercándonos al sacramento de la penitencia, el sacramento de la reconciliación con el Señor y con la Iglesia, el sacramento de la paz, de la alegría y del reencuentro con Dios.


15.     Os decía hace unos momentos que había titulado esta exhortación con estas palabras: Volver a lo esencial. Me preguntaba yo mismo ¿Qué es lo esencial?.  Después del paréntesis que acabo de hacer sobre la Cuaresma, retomo esta pregunta, a la que voy a responder con palabras del Papa Benedicto XVI. El 10 de noviembre de 2007 el Papa recibió en el Vaticano a la Confederación de Cofradías de las diócesis de Italia, a las que dirigió un discurso extraordinariamente iluminador, que responde a la pregunta que yo acabo de reiteraros. De él me voy a servir como falsilla en esta reflexión, puesto que lo que en él pide el Papa a las cofradías de Italia lo pide también a las Hermandades y Cofradías de toda la Iglesia. Comenzó el Papa su discurso  reconociendo la importancia y la influencia que las cofradías han ejercido en las comunidades cristianas ya desde los primeros siglos del milenio pasado, centradas en los misterios de la vida de Jesucristo, especialmente en su pasión, muerte y resurrección, en la devoción a la Virgen María y a los santos.  El Papa manifestó a las Cofradías de Italia su gratitud, puesto que han sido históricamente instrumentos providenciales para mantener la vida cristiana de sus miembros, contribuyendo a su formación y al fortalecimiento de su compromiso apostólico. Yo también estoy convencido de ello. Es un hecho constatable que hoy en Andalucía la secularización, que a todos nos envuelve, es menos intensa que en otras latitudes de la geografía española, gracias a vuestras instituciones, que están impidiendo que entre nosotros se reseque el humus cristiano de esta tierra, lo cual es muy de valorar y agradecer.    


16.     Pondera el Papa a continuación la dimensión caritativa de las Hermandades, que haciendo honor a su nombre, se han distinguido [por sus] muchas iniciativas de caridad en favor de los pobres, los enfermos y los que sufren, implicando a numerosos voluntarios, de todas las clases sociales, en esta competición de ayuda generosa a los necesitados. Hemos de tener en cuenta que las Cofradías comenzaron a surgir en la Edad Media, cuando aún no existían formas estructuradas de asistencia pública que garantizaran los servicios sociales y sanitarios a los sectores más débiles de la sociedad. Hoy esa finalidad sigue vigente, y más en esta hora, como consecuencia de la crisis económica. Subraya el Papa que las Hermandades no son simples sociedades de ayuda mutua o asociaciones filantrópicas. Son asociaciones de cristianos que quieren vivir el Evangelio, a cuya entraña más profunda pertenece el ejercicio de la caridad y el servicio a los pobres, por amor a Dios y por amor a los hermanos, que es el signo distintivo y el programa de vida de todo discípulo de Cristo, así como de toda comunidad eclesial, puesto que como nos dice San Juan en su primera carta, no podemos decir que amamos a Dios a quien no vemos, si no amamos al prójimo a quien vemos (1Jn 4,20) 


17.     Sé que muchas de vuestras Hermandades se toman muy en serio este rasgo de vuestra verdadera identidad. Me congratulo de ello. Por lo que yo conozco, en toda Andalucía es éste es uno de los sectores que mejor están funcionando en la vida de nuestras Hermandades. En estos momentos el Señor nos pide con toda seguridad un esfuerzo suplementario, aunque debamos aplazar otras iniciativas menos urgentes. Los párrocos, los técnicos y voluntarios de Caritas, que están a pie de obra y conocen mejor que nadie el sufrimiento, la penuria e, incluso, el hambre, de los parados, de los inmigrantes, de los ancianos y enfermos que viven solos, nos dicen que en estos momentos estamos ya ante una verdadera emergencia social, que exige de la Iglesia y de todas las instituciones eclesiásticas aguzar la imaginación de la caridad y tomar decisiones heroicas, si fuera necesario, para salir al paso del dolor de nuestros hermanos, contemplando en ellos el rostro de Cristo, que se identifica con el hambriento, el sediento, el desnudo, el transeúnte y el privado de libertad (Mt 25).


18.     ¿Y cuál es el venero o manantial del que debe surgir este torrente de compasión, amor y servicio eficaz a los pobres? La respuesta es muy sencilla, de la vida espiritual, de la vida interior de cada uno de los miembros de nuestras Hermandades y Cofradías, que debe ser el motor de todas nuestras actividades y proyectos. En este sentido, afirma el Papa en el mensaje al que me estoy refiriendo que para comunicar a los hermanos la ternura providente del Padre celestial es necesario surtirse en el manantial, que es Dios mismo, mediante momentos prolongados de oración, mediante la escucha constante de su Palabra y mediante una existencia totalmente centrada en el Señor y alimentada con los sacramentos, especialmente la Eucaristía. Sin un amor profundo al Señor, cultivado en la oración, es imposible mantener por mucho tiempo el vigor apostólico y nuestros compromisos de fraternidad y de servicio, en definitiva, amar a los pobres como Dios los ama.


19.     El  Papa en su discurso pide a las Hermandades y Cofradías que continúen siendo escuelas populares de fe vivida y talleres de santidad, frase preciosa que responde muy bien a la pregunta que yo mismo me formulaba al principio, ¿qué es lo esencial?. La aspiración a la santidad pertenece también a la esencia de vuestras Hermandades. El Papa lo repite dos o tres veces en su discurso, en el que pide a los miembros de las Cofradías de Italia y, en definitiva, también a vosotros, que aspiréis a la santidad, siguiendo los ejemplos de auténtica perfección cristiana, que no faltan en la historia de vuestras cofradías. Muchos hermanos vuestros, con valentía y gran fe, se han distinguido a lo largo de los siglos como sinceros y generosos obreros del Evangelio, a veces hasta el sacrificio de la vida. Seguid sus pasos. Hoy es más necesario que nunca cultivar un verdadero impulso ascético para afrontar los numerosos desafíos de la época moderna. En consecuencia, no debe darnos miedo pronunciar esta palabra,  santidad, y sobre todo, no debe darnos miedo aspirar con determinación y con todas nuestras fuerzas a la perfección evangélica. El Concilio Vaticano II subrayó con fuertes acentos la llamada universal a la santidad, que urge en primer término a los sacerdotes y a los consagrados, pero que urge también a los cristianos seglares. También a nosotros está dirigida la invitación del Señor en el Evangelio de San Mateo: Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5,48). Esta es la voluntad de Dios: nuestra santificación (1 Tes 4,3).


20.     La santidad no es imposible. El Señor nos ha llamado a ella en nuestro bautismo y nos capacita con la fuerza de su Espíritu para responder. En la historia de la Iglesia han sido legión los laicos que han vivido la santidad, que ha sido además reconocida oficialmente por la Iglesia. Es el caso de Santo Tomás Moro, canciller de Inglaterra, de San Isidro Labrador y su esposa Santa María de la Cabeza, de San Fernando, tan ligado a la historia de Sevilla, de los Beatos cordobeses Bartolomé Blanco y Teresa Cejudo, militantes de Acción Católica, y de tantos y tantos cristianos que van camino de los altares, como Manuel Lozano Garrido, Lolo, periodista jienense, Santiago de Masarnau, músico catalán eminente y fundador de la Sociedad de San Vicente de Paúl, o el arquitecto Antonio Gaudí. Como os decía en la alocución de mi toma de posesión, la santidad es la primera urgencia pastoral de la Iglesia y el mundo en esta hora. El mundo no curará sus heridas ni aliviará el sufrimiento de tantos hermanos nuestros con las fórmulas de los sociólogos, de los políticos o de los técnicos, sino desde la revolución silenciosa de la santidad y del amor.

 
 21.     No olvida el Papa en su discurso la dimensión apostólica de nuestras instituciones. En una época como la nuestra caracterizada por una  secularización, que avanza a una velocidad de vértigo; en una época como la nuestra en la que el laicismo militante pretende arrojar a Dios de la vida pública y arrancarlo de la conciencia de los pueblos, como lo demuestra la negativa del Parlamento Europeo a incluir siquiera una mención a Dios en el proemio de Constitución Europea; en una en una época como la nuestra, en la que tantos hombres y mujeres han perdido la experiencia de Dios y en la que Dios ha desaparecido de la vida diaria para tantos contemporáneos nuestros, los cristianos, especialmente aquellos que forman parte de asociaciones aprobadas y erigidas por la Iglesia, no tenemos tiempo que perder.


  1. Nada necesita nuestro mundo con más urgencia que a Jesucristo, el único que puede  dar respuesta a los grandes enigmas y problemas de nuestro mundo, las desigualdades entre el hemisferio norte y el hemisferio sur, el hambre, la violencia doméstica, el terrorismo, la soledad y la angustia de tantos hermanos nuestros. Por ello, es más urgente que nunca acentuar la dimensión apostólica y evangelizadora de las Hermandades, el anuncio de Jesucristo vivo y resucitado ante un mundo indiferente a la fe, que pretende vivir como si Dios no existiera, en lo que el Papa Juan Pablo II calificó como  apostasía silenciosa y el Papa Benedicto XVI, como extraño olvido de Dios. En este sentido dice el Papa a las cofradías italianas y también a nuestras Hermandades y Cofradías:  En la época de grandes cambios que estamos atravesando, la Iglesia os necesita también a vosotros, queridos amigos, para llevar el anuncio del Evangelio a todos, recorriendo caminos antiguos y nuevos. Efectivamente, la Iglesia os necesita para anunciar el Evangelio con la palabra explícita y también con el testimonio elocuente y atractivo de nuestra propia vida a los no creyentes, a los no practicantes y a los que se han marchado, para que s reencuentren con Cristo y también ellos participen de la mesa cálida y familiar que es la Iglesia.

        

23.     Yo recuerdo que en mi primer encuentro en Córdoba con los Hermanos Mayores, Vicehermanos Mayores y Directores Espirituales, uno de ellos se quejó de que la Jerarquía de la Iglesia, Obispos y sacerdotes, manifestaban ordinariamente más aprecio por los nuevos Movimientos y las asociaciones directamente apostólicas como la Acción Católica, el Camino Neocatecumenal y los Cursillos de Cristiandad  que por las Hermandades y Cofradías, a las que etiquetamos con el rótulo de religiosidad popular o piedad popular, que a juicio de aquel Hermano Mayor tiene siempre unas connotaciones negativas o despectivas, puesto que dan a entender que los cofrades son cristianos de segunda división o de menor calidad. No es mi caso. En muchas ocasiones, he dicho públicamente que ignorar a las Hermandades y Cofradías, por parte del Obispo o de los sacerdotes, sería un suicidio y mucho más en esta tierra, puesto que para muchos cristianos es un camino providencial para vivir su fe. No obstante, reconozco que no faltan dentro de la Jerarquía de la Iglesia quienes así piensan, seguramente porque ven en las Hermandades poco nervio evangelizador, poco vigor misionero y un interés demasiado obsesivo por lo externo.


24.     En realidad todo bautizado debe ser apóstol, porque en su bautismo se hizo partícipe de la misión sacerdotal, profética y real de Cristo. Por ello, el Papa os pide que vuestras beneméritas cofradías, arraigadas en el sólido fundamento de la fe en Cristo, con la singular multiplicidad de carismas y la vitalidad eclesial que las distingue, han de seguir difundiendo el mensaje de la salvación en medio del pueblo, actuando en las múltiples fronteras de la nueva evangelización. Os pide también que fortalezcáis vuestra presencia confesante en la vida pública, con coraje y sin complejos, siendo en la sociedad "fermento" y "levadura" evangélica, contribuyendo a suscitar la renovación espiritual que todos deseamos y resistiendo a la tentación de huir del mundo, buscando transformarlo desde dentro y ordenando las realidades temporales según el plan de Dios. Por mi parte, estoy convencido de que si las Hermandades y Cofradías se toman en serio su compromiso apostólico, pueden aportar una extraordinaria riqueza a la Nueva Evangelización a la que todos estamos convocados.

                  

25.     El Papa os emplaza también a cultivar y vivir en vuestras corporaciones la unidad y la cohesión interna. La comunión no es un valor tangencial o periférico en la vida de la Iglesia, sino algo que pertenece a su entraña más profunda. La Iglesia es comunión porque, como nos dice el Concilio Vaticano II, es un "pueblo reunido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" (LG 4). Las Hermandades aprobadas y erigidas por la Iglesia, si quieren hacer honor a su nombre, Hermandades, Cofradías, Confraternidades, han de tratar de copiar la unidad que existe en la vida trinitaria, hasta tener, como las primeras comunidades cristianas, un sólo corazón y una sola alma, y hacerse acreedoras al elogio que sus conciudadanos hacían de los primeros cristianos, "Mirad cómo se aman", como afirma Tertuliano.  


 26.     Os confieso que en estos años de servicio a la Iglesia en Andalucía una de las situaciones que más me han hecho sufrir han sido las fracturas o quiebras de la comunión en el seno de algunas Hermandades y Cofradías, porque las divisiones y personalismos son siempre un antitestimonio, un descrédito para la Iglesia y un freno a la evangelización. El mundo no creerá en nosotros los cristianos más que en la media en que nos vea unidos. Los pecados contra la unidad se convierten en palos en las ruedas de la evangelización. Cuando se procura que  esos desencuentros transciendan a la opinión pública o a los medios de comunicación social, quien padece es la Iglesia, se daña a la Iglesia, se desacredita en último término a nuestra Santa Madre la Iglesia, algo que a todos nos debería impresionar y que habría que evitar siempre aún a costa de los mayores sacrificios personales. De ahí, la responsabilidad de quienes recurren a esos comportamientos que no dudo en calificar de reprobables. Aquí tienen los consejos de Hermandades y Cofradías, los Hermanos Mayores y Juntas de Gobierno un importante quehacer, tutelar la unidad interna, propiciar el diálogo y el entendimiento y ser aceite y bálsamo que suaviza y ayuda a cicatrizar las heridas. Vosotros especialmente estáis llamados a ser sembradores de paz, artesanos humildes de la paz.

 

27.     El Papa os emplaza también a fortalecer vuestra eclesialidad y a crecer en madurez eclesial. ¿Qué es la madurez eclesial? Juan Pablo II nos daba la respuesta en la exhortación apostólica Christifideles laici, 30, en la que establecía cuatro criterios fundamentales de discernimiento: los dos primeros eran la primacía de la santidad y el compromiso efectivo en la evangelización y en el anuncio de Jesucristo. Ya hemos hablado de estos dos aspectos. Los otros dos criterios eran la docilidad y obediencia incondicionada al Magisterio de la Iglesia, tanto en la doctrina como en la praxis de la vida cotidiana, que lleva consigo la ejemplaridad de los cofrades en su vida privada y pública, y la dócil obediencia y la comunión sincera con el Pastor de la Diócesis y con la parroquia. Efectivamente, las Hermandades  han de vivir la comunión afectiva y efectiva con el Obispo, que es el vínculo que a todos nos une con el sucesor de Pedro y con la Iglesia universal. De lo contrario, nuestra inserción y nuestro anclaje en la Iglesia se desvanece.  Las Hermandades y Cofradías no sois islas en la vida de la Diócesis, ni podéis vivir en una campana neumática. Debéis integraros en la vida diocesana, conocer los Planes Pastorales de la Diócesis, sentir y vivir la Diócesis, sus penas y alegrías, sus gozos y esperanzas y también sus grandes acontecimientos. Habéis de huir de toda tentación de aislamiento o de encerraros sobre vosotros mismos. Habéis de insertaros orgánicamente, con un espíritu de comunión y leal colaboración, en el tejido vivo de la Iglesia diocesana. Y lo que digo de la Diócesis, lo subrayo con  mayor énfasis, si cabe, de la parroquia, la institución eclesial más próxima a vosotros. Vosotros necesitáis de la parroquia y la parroquia os necesita.

 

28.     El cristiano cofrade no puede ser un solitario, sino un solidario, un hermano, que sabe trabajar en equipo, que participa en la vida de la parroquia, que se implica en la catequesis, en la vida litúrgica, en la Caritas parroquial, o en el Consejo de Pastoral parroquial, compartiendo sus dones con sus otros hermanos cristianos. En la Diócesis y en la parroquia no sobra nadie. No cabe, pues, automarginarse. Tampoco podemos actuar como francotiradores. Todos somos necesarios a la hora de anunciar a Jesucristo a nuestros hermanos. Hoy más que nunca, por la peculiar situación que está viviendo la Iglesia en España, es preciso robustecer nuestra mutua comunión, aunar fuerzas y trabajar unidos con los sacerdotes, con los miembros de las otras cofradías, evitando celotipias, protagonismos y todo aquello que puede dañar o menoscabar la comunión. Es preciso navegar en la barca magnífica que es la Iglesia, en este caso la Iglesia diocesana, remando al mismo ritmo, con la misma intensidad y en la misma dirección.


29.     El Papa pondera mucho en su discurso la necesidad de la formación y os invita a multiplicar las iniciativas y actividades para propiciarla. Tales iniciativas puede protagonizarlas cada una de las Hermandades en solitario. También cabe que varias Hermandades se unan para programar actividades formativas. Lo de menos es el modo. Lo importante es que vuestras Hermandades, bajo la guía del Director Espiritual y nunca sin su consejo, se conviertan cada día más en escuelas de formación de un laicado maduro y misionero, capaz de responder generosamente a los desafíos dramáticos que la Iglesia debe afrontar en nuestra época. Me pregunto cuántos de nosotros tenemos un conocimiento al menos suficiente de las verdades de la fe, de la moral católica y de la historia de la Iglesia. Me pregunto cuántos de nosotros seríamos capaces de exponer de manera convincente, por ejemplo, la postura de la Iglesia sobre el celibato sacerdotal o el sacerdocio femenino, sobre la indisolubilidad del matrimonio, el aborto o la eutanasia. Cuántos de nosotros tenemos un conocimiento preciso sobre la historicidad de los evangelios, la divinidad de Jesús, la virginidad de la Santísima Virgen, la necesidad de la Iglesia para la salvación, la resurrección de la carne y la vida eterna, etc. Me pregunto cuántos de nosotros seríamos capaces de responder con solvencia a la sarta de disparates, manipulaciones y mentiras objetivas que se contienen en algunas películas de los últimos años, tipo "Código da Vinci", por citar una película de éxito, que estoy convencido de que ha hecho mucho daño a muchos católicos que se han acercado a ella acríticamente.

 

30.     Todo esto supuesto, la Iglesia necesita católicos bien preparados y con las ideas claras, capaces de dar razón de su fe y de su esperanza. Para ello no basta con la catequesis que recibimos en la infancia. Resultaría ridículo, aparte de imposible, querer ponernos ahora el traje de nuestra primera comunión. Igualmente resultaría ridículo responder a las objeciones y problemas que se nos plantean en relación con la fe, por animadversión o por ligereza, con los simples conocimientos aprendidos en la infancia. Cuando yo era niño nos confiesa san Pablo-, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño. Al hacerme hombre, dejé todas las cosas del niño (1 Cor 13,11). Esto quiere decir que necesitamos una fe adulta, es decir, cultivada y profundizada con seriedad. Y esto sólo es posible con una formación permanente y metódica.

 

31.     El Señor nos pide a los cristianos en el Evangelio que seamos luz y sal (Mt 5,14). Nos pide también que no pongamos la luz debajo del celemín, sino encima del candelero para que alumbre a todos los de casa. Estamos, pues, llamados a ser luz, apóstoles y testigos de Jesucristo. No podemos esconder la luz de Cristo y de su doctrina. Tenemos que difundirla con la palabra y con la vida. Pero para ello necesitamos conocer con profundidad la doctrina católica, y ser capaces de exponerla y defenderla con fuerza, valentía y convicción. El cristiano laico de calidad, y los miembros de las Hermandades y Cofradías lo sois, debe tener un conocimiento completo, sólido y orgánico, es decir con una visión de conjunto, de la doctrina católica y de sus contenidos fundamentales en los ámbitos de la fe y de la moral. Dichos contenidos se encuentran de manera ordenada y completa en el Catecismo de la Iglesia Católica, y más sintética y brevemente en el Compendio del Catecismo, que como el Catecismo mayor tiene cuatro partes: aquello que debemos creer (el Credo), los misterios que celebramos (liturgia y sacramentos), cómo debemos vivir (la moral y la vida nueva en Cristo), y cómo debemos orar. El Catecismo es la suma o la síntesis del depósito de la fe, es decir, de todo el tesoro de las verdades reveladas por Dios, contenidas en la Sagrada Escritura y en la Tradición de la Iglesia, explicitadas por el Magisterio a lo largo de los siglos.


32.     El tiempo que dedicamos a nuestra formación en la fe puede ser un termómetro fiel del lugar real que damos a Dios en nuestra vida. Si tenemos tiempo para leer el periódico, seguir los deportes o salir con los amigos; si dedicamos tiempo para mantenernos al día en el campo profesional, ¿cómo no encontrar tiempo también para cultivar en nuestra fe? Es responsabilidad de los Directores Espirituales, de los Hermanos Mayores y de los Vocales de Formación convocar a sus Hermanos a sesiones periódicas de formación, a las que deberíais dar tanta importancia como a aquellas en las que dedicáis a preparar vuestros cultos y desfiles procesionales.


33.     Las Hermandades y Cofradías no son solamente el recuerdo de un pasado glorioso y brillante. No son meras instituciones culturales, ni una especie de piezas de museo para admirar con nostalgia. No son tampoco bellas expresiones del folclore religioso para adornar o complementar nuestras fiestas litúrgicas. Las cofradías son una realidad viva, que la Iglesia desea  mirar con confianza y esperanza, porque han contribuido a conservar la fe sencilla de nuestro pueblo, han resistido a la secularización y hoy son, como he expresado hace unos momentos, un freno y un antídoto que impide que se reseque el humus cristiano de nuestro pueblo. Sólo por eso, ya merecen la gratitud y el aprecio de la Iglesia, que yo en los comienzos de mi ministerio en Sevilla os quiero también manifestar.


34.     Concluyo mi exhortación con una frase del Papa Pío XI a propósito de los tiempos que le tocó vivir, tiempos duros para la Iglesia en una Europa convulsa, dividida y azotada por los horrores del estalinismo y del nazismo. Demos gracias a Dios -escribió Pío XI- por hacernos vivir en tiempos difíciles, en los que no está permitido a nadie ser mediocre. Tiempos recios llamaba Santa Teresa a los tiempos que le tocó vivir en la segunda mitad del siglo XVI. Tiempos recios son también los nuestros, como en los años treinta del pasado siglo y como los tiempos de Santa Teresa. Ninguno de nosotros tiene derecho en esta hora a ser mediocre, ni individualmente ni agrupados en nuestras Asociaciones, Movimientos, Hermandades y Cofradías. En el momento presente, probablemente más que en tiempos pasados, el Señor nos llama a la santidad, a remar mar adentro, a no quedarnos en la orilla por comodidad o desidia, a ser cristianos auténticos, a tomarnos muy en serio nuestra fe y a prepararnos concienzudamente para transmitirla y defenderla con entusiasmo y con coraje.

 

35.     Encomiendo a vuestros sagrados titulares la fidelidad a vuestro propio carisma, a vuestra historia, a vuestra identidad más honda y a la herencia que habéis recibido de vuestros mayores. No consintáis que nadie desvirtúe vuestras buenas esencias o vuestras tradiciones. Cultivadlas con esmero, pero no os olvidéis de lo esencial, de aquellos aspectos que acabo de enumerar: la vida interior, la formación, el apostolado, el servicio a los pobres, la unidad interna de la Hermandad, el amor a la Iglesia y la comunión con sus pastores. Con estos deseos, os pido que llevéis a todos vuestros hermanos y a vuestras familias la bendición y el saludo cordial y fraterno del señor Cardenal y de su Arzobispo Coadjutor.        



+Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo Coadjutor de Sevilla

 

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