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Vivamos con intensidad el Adviento - 27/11/2011
Cartas de Mons. Pelegrina, Arzobispo de Sevilla
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Queridos hermanos y hermanas:
Comenzamos el año litúrgico y, con él, el tiempo santo de
Adviento, en el que nos preparamos para recordar la venida del Señor en
carne hace veinte siglos y su nacimiento en la cueva de Belén. Pero la
celebración del nacimiento del Señor es algo más que un recuerdo, un
aniversario o un cumpleaños. Es un acontecimiento actual, porque la liturgia
místicamente lo actualiza cada año y porque toca y compromete
profundamente nuestra existencia: el Señor que vino al mundo en la primera
Navidad y que volverá glorioso al final de los tiempos, quiere venir ahora a
nuestros corazones y a nuestras vidas.
Del mismo modo que el pueblo de Israel se preparó para la
venida del Mesías, que era esperado como el cumplimiento de la promesa
hecha por Dios a nuestros primeros padres, renovada a los patriarcas y
reiterada una y mil veces por la palabra de los profetas, así también hoy el
nuevo pueblo de Dios, los cristianos, nos preparamos intensamente para
celebrar el recuerdo actualizado de aquel gran acontecimiento, que significó el comienzo de nuestra salvación. Sólo si disponemos nuestro corazón para
acoger al Señor, como lo hicieron María y José, los pastores y los magos, el
Adviento y la Navidad será para nosotros un hito de gracia y salvación.
A lo largo de las cuatro semanas de Adviento escuchamos en la
liturgia a los profetas que anunciaron la llegada del Mesías esperado. Isaías,
Zacarías, Sofonías y Juan el Bautista nos invitan a prepararnos para recibir a
Jesús, a allanar y limpiar los caminos de nuestra alma, es decir, a la
conversión y al cambio interior, para acoger con un corazón limpio al Señor
que nace, que debe nacer o renacer con mayor intensidad en nuestras vidas.
Adviento significa advenimiento y llegada; significa también
encuentro de Dios con el hombre. En estos días, el Señor, que vino hace 2000
años, se va a hacer el encontradizo con nosotros. Para propiciar nuestro
encuentro con Él, yo os propongo algunos caminos: en primer lugar, el
camino del desierto, de la soledad y del silencio interior, tan necesarios en el
mundo de ruidos y prisas en que estamos inmersos, que tantas veces propicia
actitudes de inconsciencia y atolondramiento. Necesitamos en estos días
cultivar la interioridad; necesitamos entrar con sinceridad y sin miedo en el
hondón de nuestra alma para conocernos y tomar conciencia de las miserias,
infidelidades y pecados que llenan nuestro corazón e impiden que Jesucristo
sea verdaderamente el Señor de nuestras vidas. Qué bueno sería iniciar o
concluir el Adviento con una buena confesión, que nos reconcilie con el
Señor y con la Iglesia, permitiéndonos reencontrarnos con Él.
El Adviento es tiempo además de oración intensa, prolongada,
humilde y confiada, en la que, como los justos del Antiguo Testamento
repetimos muchas veces Ven, Señor Jesús. La oración tonifica y renueva
nuestra vida, nos ayuda a crecer en espíritu de conversión, a romper con
aquello que nos esclaviza y que nos impide progresar en nuestra fidelidad.
Por ello, es siempre escuela de esperanza. La oración nos ayuda además a
abrir las estancias más recónditas de nuestra alma para que el Señor las posea,
las ilumine y dé un nuevo sentido a nuestra vida.
Nuestro encuentro con el Señor que viene de nuevo a nosotros
en este Adviento no será posible sin la mortificación, el ayuno y la
penitencia, que preparan nuestro espíritu y lo hace más dócil y receptivo a la
gracia de Dios. Tampoco será posible si no está precedido de un encuentro
cálido con nuestros hermanos, con actitudes de perdón, ayuda,
desprendimiento, servicio y amor, pues no podemos decir que acogemos al
Señor que viene de nuevo a nosotros, si no renovamos nuestra fraternidad, si
no le acogemos en los hermanos, especialmente en los más pobres y
necesitados.
El Adviento es uno de los tiempos especialmente fuertes del año
litúrgico. Por ello, hemos de vivirlo con intensidad y con esperanza, la virtud
propia del Adviento, la esperanza en el Dios que viene a salvarnos, que viene
a dar respuesta a nuestras perplejidades y sinsentidos, a poner bálsamo en
nuestras heridas, a devolvernos la libertad y a alentarnos con la promesa de
la salvación definitiva, de una vida eterna, feliz y dichosa.
Iniciamos el Adviento y con él la novena de la Inmaculada
Concepción. Os invito a vivirla con intensidad. La Santísima Virgen es el
mejor modelo del Adviento. Ella acogió a su Hijo, primero en su corazón y
después en sus entrañas. Ella, como dice la liturgia, esperó al Señor con
inefable amor de Madre y preparó como nadie su corazón para recibirlo. Que
ella sea nuestra compañera y guía en nuestro camino de Adviento. Que Ella
nos ayude a prepararnos para recibir al Señor y para que el encuentro con Él
transforme nuestras vidas y nos impulse a testimoniarlo y anunciarlo.
Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.
+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla |