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Las Vírgenes Consagradas, Don de Dios para la Iglesia - 11/12/2011
Cartas de Mons. Pelegrina, Arzobispo de Sevilla
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Queridos hermanos y hermanas:
Dedico esta carta semanal al Orden de las vírgenes, una institución
eclesiástica hoy poco conocida a pesar de ser casi tan antigua como la misma
Iglesia. Ligada íntimamente al ministerio del Obispo y a la Iglesia particular,
tuvo una extraordinaria importancia en los primeros siglos. Fue, de hecho, la más
antigua forma de vida consagrada. Al Orden de las vírgenes pertenecieron las
santas Inés, Lucía y Cecilia y otras muchas que, como ellas, son recordadas y
honradas en las más bellas y antiguas iglesias de Roma.
A partir del siglo IV, con la aparición de otras formas de vida
consagrada, en comunidad o en soledad, fue perdiendo relevancia hasta
desaparecer prácticamente a lo largo del siglo V. El Orden de las vírgenes fue
restaurado por el Concilio Vaticano II (SC 80), goza de ritual propio, publicado
en el año 1970, enormemente rico y sugestivo, y está contemplado en el código
de Derecho Canónico (c. 604). Hoy son tres mil en toda la Iglesia y son un
pequeño grupo en nuestra Archidiócesis, que Dios quiera que crezca en los
próximos años. Cuenta para ello con mi apoyo más explícito.
Las vírgenes consagradas viven en medio del mundo. No pertenecen a
ninguna familia religiosa, ni dejan su familia o su trabajo profesional. No hacen
voto de pobreza, aunque tratan de vivir despegadas de los bienes materiales.
Tampoco hacen voto de obediencia, aunque están especialmente vinculadas al
Obispo, que puede señalarles un campo concreto de apostolado, casi siempre al
servicio de su propia parroquia o de un sector concreto de la pastoral diocesana. Sí se les pide vivir el consejo evangélico de la castidad que, si bien no es voto, la
tradición siempre lo ha considerado muy próximo a él.
El ritual de la consagración de las vírgenes considera esta forma de vida
como un desarrollo y profundización de la alianza bautismal que el Espíritu Santo
sugiere a algunos bautizados a quienes llama a un amor esponsal, absoluto,
irrevocable y definitivo con Jesucristo, viviendo la virginidad por el Reino de los
cielos, a imitación del Señor, de su Madre bendita y de toda una pléyade de mujeres
santas, que en la edad antigua de la Iglesia han escrito una de las páginas más
gloriosas de su historia.
El carisma de la virginidad es un don de Dios. Nadie puede pretender este
estilo de vida si el Señor no le llama, pues supera todas las capacidades del ser
humano. Toda persona, hombre o mujer, ha nacido para el amor esponsal. Todos
llevamos cincelada en nuestra naturaleza esta cualidad. Hemos nacido para amar.
Para la mayor parte de las personas la vía ordinaria es el matrimonio. Pero a
El Arzobispo de Sevilla
algunos cristianos, el Señor les concede el don de la virginidad. Gracias a este don,
viven una relación esponsal personal y exclusiva con Él, entregándole su corazón y
su afectividad con un amor total, exclusivo e indiviso.
Las vírgenes consagradas son un don de Dios para nuestras
comunidades cristianas. La nueva floración de esta antigua vocación en la Iglesia
es un regalo del Espíritu Santo que todos hemos de acoger, acompañar y
agradecer. Además del servicio humilde y silencioso, pero siempre abnegado y
eficaz, que prestan a las Diócesis o a sus parroquias en los más diversos
ministerios, su sola presencia edifica a la Iglesia ya que con su testimonio nos
están recordando a todos que el Señor es el primer y supremo valor de nuestra
vida y que merece ser amado con el mismo amor con que Él nos ama.
En el discurso que el Papa les dirigió en el Congreso mundial de
vírgenes consagradas celebrado en Roma en mayo de 2008, Benedicto XVI
presentó a la virgen seglar como "sponsa Christi" e "imagen de la Iglesia
esposa" y señaló a la Santísima Virgen como "el prototipo de las vírgenes
cristianas". Así es en realidad, pues el Señor concede a estas mujeres
consagradas a Él el privilegio misterioso pero real de ser, como María y como la
Iglesia, vírgenes y madres al mismo tiempo, ejerciendo la maternidad espiritual en
favor de todo el Pueblo de Dios. El Papa les dijo también que con su forma de vida
son "estrellas que orientan el camino del mundo", un recordatorio "de la
transitoriedad de las realidades terrenas" y un anticipo y profecía de los bienes
futuros.
Quiera Dios que en nuestra Archidiócesis y en toda la Iglesia sean
muchas las jóvenes que se sientan atraídas por el testimonio de entrega total a
Jesucristo de nuestras vírgenes consagradas, que permanecen en el mundo, en sus
profesiones y en su familia, ofreciéndole su corazón y su vida entera para bien de la
Iglesia y de todos los hombres.
Para las vírgenes consagradas de nuestra Diócesis y para todos los que leen
semanalmente mi carta, mi saludo fraterno y mi bendición.
+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla |