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La Oración, Alma del Ecumenismo
Cartas de Mons. Pelegrina, Arzobispo de Sevilla
22/01/2012
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 Queridos hermanos y hermanas:
Entre los días 18 y 25 de enero, los católicos de todo el mundo y
también nuestros hermanos de las demás iglesias y comunidades eclesiales
cristianas estamos celebrando la Semana de Oraciones por la Unidad. En estos días
volvemos sobre el drama de nuestras rupturas y divisiones, algo que está en
contradicción con la positiva voluntad de Cristo, que en la víspera de su Pasión,
pide al Padre que su Iglesia sea una para que el mundo crea (Jn 17,21).
La oración es el alma de toda pastoral. También de la pastoral
ecuménica. De ello eran ya conscientes los iniciadores del Movimiento Ecuménico
en las últimas décadas del siglo XIX. Lo fue también el Concilio Vaticano II, que
tanto insistió en el ecumenismo espiritual, es decir en la oración, la penitencia y la
mortificación ofrecidas por causa de la unidad. De ello estamos convencidos hoy
todos los cristianos. La oración es absolutamente necesaria para que Dios obre el
milagro de la unidad y de la plena comunión. Además del diálogo doctrinal entre
las distintas confesiones, de las relaciones institucionales y de la colaboración
fraterna en los más diversos campos, la mayor y mejor contribución que los
cristianos podemos prestar a la restauración de la unidad es la oración al Padre,
siguiendo el ejemplo de Jesús.
La plena unidad de los cristianos no es sólo un problema. Si así fuera, se resolvería en un plazo más o menos breve. Es un misterio, cuya solución
está en las manos de Dios; y es un don, algo que llegará cuando Dios quiera y por
los medios que Él tenga establecidos. Nos lo sugiere el lema elegido para ese
año: "Todos seremos transformados por la victoria de nuestro Señor Jesucristo" (cf. 1 Co 15,51-58). Y porque es una victoria de Dios, hay que pedir al Señor que
llegue pronto esa victoria, lo que no excluye el trabajo ecuménico en otros
campos y por otras vías. Oración y ecumenismo son dos realidades
estrechamente ligadas. La oración, junto con la conversión del corazón de todos
los cristianos a nuestro único Señor, es el único camino viable hacia la unidad. Sin ella, el ecumenismo será agitación estéril.
La oración por la unidad tiene una inequívoca dimensión
misionera. Las rupturas históricas de la unidad de la Iglesia, todavía vigentes por
desgracia, son un freno a la evangelización, pues el mundo sólo creará en Cristo
si los cristianos somos uno. En consecuencia, nuestras parroquias y comunidades
han de multiplicar las ocasiones en que los fieles, reunidos en Cenáculo
espiritual, encomendemos a nuestro único Señor la causa de la restauración de la
unidad, un tema mayor en esta hora de la Iglesia y del mundo. La Iglesia nos
El Arzobispo de Sevilla
sugiere como fechas más aptas, además de la Semana que estamos celebrando, la
solemnidad de la Epifanía del Señor, el Jueves y Viernes Santo, la Pascua de
Resurrección y la semana previa a Pentecostés, sin olvidar aquellas
oportunidades que nos brinda la celebración de asambleas o acontecimientos
ecuménicos. En ocasiones, será aleccionador y provechoso orar junto con
nuestros hermanos de otras confesiones cristianas. De cualquier forma, la oración
por la unidad debe impregnar de modo permanente la piedad personal de todo
buen católico, del mismo modo que el compromiso ecuménico debe formar parte
de la pastoral ordinaria de nuestras comunidades y parroquias.
Nuestra oración por la unidad debe ser en primer lugar
contemplativa, centrada en el misterio trinitario, principio y modelo de la unidad
de la Iglesia. Debe ser también gozosa y dolorida, penetrada de alegría por lo
mucho que nos une con los otros cristianos, y también del dolor que nace de
comprobar nuestras divisiones, que son piedra de escándalo y obstáculo para el
anuncio del Evangelio. Debe ser además penitencial, como signo de
arrepentimiento por las culpas que a cada uno nos corresponden en las rupturas
de la unidad, porque aunque los cristianos de hoy no seamos responsables
directos de las divisiones históricas, no es menos cierto que sí lo somos de la
unidad no lograda, por nuestras omisiones, indiferencias, autosuficiencia,
ignorancia y despreocupación y, sobre todo, por nuestros pecados, el verdadero
cáncer de la unidad, pues disminuyen el caudal de caridad del Cuerpo Místico de
Jesucristo, retrasando así la hora de la plena comunión.
Nuestra oración debe ser también humilde, pues la unidad
sobrepasa todas nuestras capacidades. Sólo Dios nos la puede conceder. Por ello,
hemos de pedírsela despojados de toda autosuficiencia. "La humildad –ha escrito
un gran ecumenista español- es el calzado de quien quiera andar con dignidad el
camino que lleva a la unión". Nuestra oración por la unidad debe ser, por fin,
confiada. Se necesita mucha fe para creer que llegará el día de la plena comunión
de todos los cristianos. Pero ese día llegará, porque Jesús así se lo pidió al Padre,
y la oración del Señor es absolutamente eficaz.
Para los inmigrantes y para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.
+ Juan José Asenjo Pelegrina, Arzobispo de Sevilla.
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