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Homilía del Excmo. y Rvdmo. Sr. D. Juan José Asenjo Pelegrina, Arzobispo de Sevilla
Domingo de Cuaresma, 21 marzo 2010

"Mirad que subimos a Jerusalén, donde el Hijo del hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, que lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles" (Mc 10,33). Con estas palabras inicia el evangelista San Marcos el relato de la Pasión del Señor. Con ellas, invita Jesús a sus discípulos a recorrer con él el camino que le llevará a consumar su misión salvadora. La subida a Jerusalén, culminación de la vida histórica de Jesús, es en realidad el modelo de vida del cristiano, comprometido a seguir al Maestro por el camino de la Cruz. En este domingo, con el que iniciamos la última semana de Cuaresma, el Señor nos dirige a nosotros esa misma invitación y nos pide que nos preparemos para una participación activa y fructuosa en los misterios de su pasión, muerte y resurrección.

Los textos litúrgicos de estos días de Cuaresma constituyen una vigorosa invitación a la conversión. En estos días el Señor nos invita a convertirnos a él de todo corazón. Efectivamente, nuestra conversión debe comenzar por el corazón, sede de los sentimientos y de los afectos, de la bondad y la maldad, que después rebosan y se manifiestan en nuestros labios y en nuestras obras. El Señor nos invita a rasgar los corazones y no las vestiduras. No se trata, pues, de un cambio cosmético o superficial, sino de penetrar con hondura y verdad en lo más recóndito de nuestro corazón, para descubrir nuestras miserias, y esclavitudes, los ídolos que nos atenazan, el egoísmo insolidario, la vanidad, el ansia de poder, la envidia, la impureza, la tibieza y la resistencia sorda y pertinaz a la gracia de Dios, es decir, la triste realidad del pecado en nuestras vidas.

En la última semana de Cuaresma todos estamos invitados a quemar etapas si es que hasta ahora no hemos entrado de verdad en el espíritu de este tiempo santo. El Señor nos invita a buscar el silencio, la soledad y el desierto interior, a imitación de Jesús, que para iniciar la Pascua redentora, se retira al Monte de la Cuarentena para estar a solas con el Padre. Nos invita además a escuchar su Palabra, a intensificar la oración humilde y confiada, el diálogo amoroso con nuestro Padre, que nos ayuda a ahondar en el espíritu de conversión. En ella confrontamos nuestro tono espiritual desvitalizado y vacilante con el plan de Dios sobre nosotros. En ella reconocemos nuestras miserias, nos encomendamos a la piedad del Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia, que siempre nos espera y nos perdona.

Junto al desierto y la oración, los otros caminos que hemos de recorrer en estos días finales de Cuaresma son el ayuno que macera y modula nuestro espíritu y lo hace más permeable a la gracia de Dios; la mortificación voluntaria que nos une a la Pasión de Cristo y que es fuente de energía sobrenatural y de santidad para la Iglesia; y la aceptación del dolor, las dificultades y los sufrimientos que la vida de cada día, la convivencia y nuestras propias limitaciones físicas o psicológicas nos deparan y que hemos de ofrecer al Señor como sacrificio de alabanza y como reparación por nuestros propios pecados y por el pecado del mundo.

Otra práctica cuaresmal es la limosna discreta y silenciosa, sólo conocida por el Padre que ve en lo secreto, y que sale al paso del hermano pobre y necesitado. Hemos de mirar a los pobres con la mirada conmovida de Cristo que se compadece de las multitudes. Hemos de sintonizar nuestra mirada con la mirada de Jesús, haciendo de nuestra vida una donación de amor, dando respuesta generosa a las necesidades de nuestros hermanos. En nuestra entrega a los hermanos no podemos olvidar que el mayor don que podemos ofrecerles es el don de la fe, pues como nos dijera la Beata Teresa de Calcuta, "la primera pobreza de los pueblos es no conocer a Cristo" y "quien no da a Dios, da demasiado poco".

En la praxis penitencial de la Iglesia antigua, un campo específico en la Cuaresma era la reconciliación con los enemigos. También para nosotros debe ser un camino peculiar en estos días la renovación de nuestra fraternidad, la conversión a nuestros hermanos, el perdón incluso a quienes no nos quieren bien, la purificación de la memoria individual como fruto de la propia experiencia del perdón y de la misericordia de Dios en el sacramento de la penitencia. El cristiano debe perdonar incluso a aquel que le ha ofendido y golpeado injustamente. El Señor ha ido por delante, nos ha dado ejemplo y espera que nosotros le sigamos, considerando al otro no como un enemigo, sino como un hermano.

En este quinto domingo de Cuaresma resuena con especial intensidad la invitación que San Pablo nos hacía el Miércoles de Ceniza cuando nos decía: En nombre de Cristo os pido dejaos reconciliar con Dios. El mismo San Pablo nos instaba a tomar muy en serio este tiempo de gracia y salvación; a no echar en saco roto la gracia de Dios que va a derramarse a raudales sobre nosotros en esta nueva Pascua, en este nuevo paso del Señor junto a nosotros para renovarnos, recrearnos y convertirnos. Abrámosle con generosidad las puertas de nuestros corazones y de nuestras vidas.

En la primera lectura que acabamos de proclamar el profeta Isaías nos ha dicho que el mismo que liberó a su pueblo de la esclavitud de Egipto y lo tuteló durante cuarenta años en su peregrinación por el desierto, está dispuesto a abrir para nosotros caminos por el desierto y ríos en el yermo, es decir, está dispuesto a transformarnos y a devolvernos la vida y la esperanza, como devolvió la vida y la esperanza a la mujer adultera que los letrados y los fariseos presentan ante Jesús para que la condene a la lapidación, como prescribía la ley de Moisés. Jesús, sin embargo, no la condena, sino que la salva y la perdona a condición de que no peque más. También a nosotros nos perdona el Señor en el sacramento de la penitencia, el más hermoso de los sacramentos después del bautismo y de la Eucaristía, el segundo bautismo, como lo llaman los Padres de la Iglesia, un sacramento sumido en estos momentos en una profunda crisis como consecuencia de la perdida de la conciencia del pecado. Es un hecho que hoy los cristianos comulgan más, pero se confiesan menos, y es evidente que no debería ser así. ¡Volvamos, queridos hermanos y hermanas, al sacramento de la penitencia, en el que el Señor nos espera para acogernos, recibirnos, abrazarnos como al hijo pródigo y restaurar en nosotros la condición filial! En él el Señor nos perdona hasta el fondo. Cuando entre nosotros nos enemistamos y después nos reconciliamos, siempre queda en el fondo de nuestro corazón algún resto de resentimiento. El Señor, sin embargo nos perdona siempre y totalmente. Por ello, el sacramento de la penitencia es el sacramento de la paz, de la alegría y del reencuentro con Dios.

La confesión frecuente es también manantial de santidad, porque en él recibimos, además del perdón de los pecados, una gracia peculiar para luchar contra el mal y crecer cada día en la fidelidad al Señor, para vivir una vida de piedad sincera, afincada en la oración, en la escucha de la Palabra de Dios, en la recepción de los sacramentos; una vida alejada del pecado, de la impureza, del egoísmo y de la mentira; una vida pacífica, honrada, austera, sobria, fraterna, edificada sobre la verdad, la justicia, la misericordia, el perdón y la generosidad.

No olvido que estoy celebrando la Eucaristía para las Hermandades de Vísperas de nuestra ciudad. Os invito, queridos cofrades a dejaros encontrar por el Señor, a dejaros reconquistar por él. Esto es lo decisivo en los días santos que se acercan. Os lo ha dicho San Pablo en la segunda lectura: “Todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y de existir en él”. No os quedéis la superficie, en la costra, en los aspectos más externos de vuestros cultos y de las manifestaciones de la piedad popular, en los aspectos culturales, tradicionales o costumbristas. El Papa Benedicto XVI nos ha dicho en su encíclica Deus charitas est, "no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación”. Por ello, pido a vuestros sagrados titulares que los días santos que vamos a celebrar propicien un verdadero encuentro, hondo y cálido con el Señor, que robustezca vuestra fe, transforme vuestras vidas y tenga su reflejo en vuestra existencia cotidiana. De lo contrario, todo será pérdida, basura, nos ha dicho San Pablo, si cada uno de los cofrades no os encontráis vitalmente con el Señor.

Pido también a vuestros sagrados titulares que os ayuden a vivir con intensidad y verdadero compromiso vuestra vocación cofrade, haciendo que vuestras Hermandades sean para sus miembros camino de conversión y de vida cristiana, escuelas de santidad, escuelas de formación y de profundización en los misterios de nuestra fe; impulso de fraternidad, de solidaridad y de servicio a los pobres, manantial de dinamismo apostólico y misionero y yunque de eclesialidad, de amor a al Iglesia y de comunión con el obispo y con la parroquia.

Pido, por fin, a vuestros titulares que cultivéis en el seno de vuestras Hermandades la unidad y cohesión interna. La comunión no es un valor tangencial en la vida de la Iglesia, sino su entraña más profunda. La Iglesia es comunión porque es un "pueblo reunido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" (LG 4). Si vuestras Hermandades quieren hacer honor a su nombre, han de tratar de copiar la unidad que existe en la vida trinitaria, hasta tener, como las primeras comunidades cristianas, un sólo corazón y una sola alma y hacerse acreedora al elogio que sus conciudadanos hacían de los primeros cristianos: "Mirad cómo se aman". Las divisiones y personalismos hacen daño a la Iglesia y son siempre un antitestimonio y un freno a la evangelización. Termino ya. Que el Señor nos conceda a todos vivir una Semana Santa verdaderamente santa, fructuosa y fecunda. Sólo así viviremos la verdadera alegría de la Pascua. Así sea.


+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

Fotografías Cortesía de Arte Sacro

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