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XLIV Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales
Solemnidad de la Ascensión del Señor
16 de mayo de 2010
“El sacerdote y la pastoral en el mundo digital:los nuevos medios al servicio de la Palabra”

Monición de entrada
Este domingo la Iglesia celebra la solemnidad de la Ascensión del Señor. Con su pasión y
resurrección ha concluido su misión en la tierra y ahora, rotas ya las barreras del espacio
y del tiempo, Jesús retorna a la gloria del Padre, que ha escuchado su súplica: “Padre, ha
llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti” (Jn 17, 1).
En esta solemnidad de la Ascensión del Señor, y en el contexto del Año Sacerdotal, la
Iglesia trae a nuestra consideración la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales,
establecida por el Concilio Vaticano II, que este año propone reflexionar sobre “el sacerdote y la pastoral en el mundo digital: los nuevos medios al servicio de la Palabra”.
Lecturas
Primera: Hechos de los Apóstoles 1, 1-11
Segunda: Efesios 1, 17-23
Evangelio: Lucas 24, 46-53
Sugerencias para la homilía
El libro de los Hechos de los Apóstoles comienza con el relato de la Ascensión del
Señor. Jesús ha cumplido la misión que el Padre le encomendó –Palabra hecha carne
para la salvación de los hombres– y el autor del texto quiere expresar que ha llegado el
momento culminante de esa misión.
Lucas ha presentado todo el ministerio terreno de Jesús como “una ascensión”, una
“subida” que se ha realizado desde Galilea hacia Jerusalén: “Sucedió –nos dice– que como
se iban cumpliendo los días de su asunción, él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén”
(Lc 9, 51). En este término, el evangelista quiere expresar toda la trayectoria vital que ha
desencadenado su proceso y le ha conducido a la hora definitiva de su Pasión. “Elevado”
sobre la Cruz, ha entregado su vida en cumplimiento de la voluntad del Padre (Jn 19,
30). No obstante, esa trayectoria no concluye en el sepulcro vacío: Aquel que “subió a
Jerusalén” para cumplir el designio del Padre, ha sido ahora elevado, “glorificado”, dirá
el evangelista Juan: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre” (Jn
12, 23). El Hijo de Dios ha vencido a la muerte y ahora es Señor de vivos y muertos. Por
su ascensión, ha entrado en su gloria definitiva.
El Apóstol lo anuncia en la segunda lectura, al recordar a los fieles de Éfeso “cuál es
la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos”, según la eficacia
de “la fuerza poderosa” del Padre, “que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los
muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad,
fuerza y dominación…” (Ef 1, 18-21).
En el contexto del Año Sacerdotal bien podemos decir, con toda propiedad, que la
ascensión es la consumación del sacerdocio de Cristo: “Presentose Cristo como Sumo
Sacerdote de los bienes futuros –explica el autor de la Carta a los Hebreos– a través de
una Tienda mayor y más perfecta, no fabricada por mano de hombre, es decir, no de este
mundo. Y penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos
ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna” (Heb 9,
11-12).
Más adelante el mismo autor recordará que, por eso precisamente, es el “mediador
de una nueva Alianza” (Heb 9, 15). La conciencia de la Iglesia naciente y la experiencia
vital de la plenitud de este acontecimiento salvífico definitivo queda bien expresada en
los versículos finales del evangelio que se proclama en este día. Lucas constata cómo
los discípulos, enviados para ser testigos de lo que han contemplado, “se volvieron a
Jerusalén con gran alegría” (Lc 24, 52).
Son ellos, los discípulos, quienes tienen ahora la misión y el encargo de “anunciar en
su nombre la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos” (Lc 24, 47). Es
el punto de partida de la misión de la Iglesia de todos los tiempos. Así, no deja de ser hoy
sumamente significativo que Benedicto XVI haya querido elegir para la solemnidad de la
Asunción del Señor, en este Año Sacerdotal, un lema que hace referencia al sacerdote en
cuanto “mediador de la Palabra” también en el ámbito del “mundo digital”.
“La tarea primaria del sacerdote –afirma el Papa en su mensaje para este año– es la
de anunciar a Cristo, la Palabra de Dios hecha carne, y comunicar la multiforme gracia
divina que nos salva mediante los Sacramentos. La Iglesia, convocada por la Palabra,
es signo e instrumento de la comunión que Dios establece con el hombre y que cada
sacerdote está llamado a edificar en Él y con Él. En esto reside la altísima dignidad y
belleza de la misión sacerdotal”.
“También en el mundo digital, se debe poner de manifiesto que la solicitud amorosa
de Dios en Cristo por nosotros no es algo del pasado, ni el resultado de teorías eruditas,
sino una realidad muy concreta y actual”, añade. Y se pregunta seguidamente: “¿Quién
mejor que un hombre de Dios puede desarrollar y poner en práctica, a través de la propia
competencia en el campo de los nuevos medios digitales, una pastoral que haga vivo
y actual a Dios en la realidad de hoy? ¿Quién mejor que él para presentar la sabiduría
religiosa del pasado como una riqueza a la que recurrir para vivir dignamente el hoy y
construir adecuadamente el futuro? Quien trabaja como consagrado en los medios tiene la
tarea de allanar el camino a nuevos encuentros, asegurando siempre la calidad del contacto
humano y la atención a las personas y a sus auténticas necesidades espirituales”.
Así pues, dirá Benedicto XVI, corresponde al sacerdote “ofrecer a quienes viven éste nuestro tiempo ‘digital’ los signos necesarios para reconocer al Señor; darles la
oportunidad de educarse para la espera y la esperanza, y de acercarse a la Palabra de
Dios que salva y favorece el desarrollo humano integral. La Palabra podrá así navegar
mar adentro hacia las numerosas encrucijadas que crea la tupida red de autopistas del
ciberespacio, y afirmar el derecho de ciudadanía de Dios en cada época, para que Él pueda
avanzar a través de las nuevas formas de comunicación por las calles de las ciudades y
detenerse ante los umbrales de las casas y de los corazones”.
Oración universal
Oremos, hermanos, a Dios, nuestro Padre, por la Iglesia y por todos los hombres, para
que, fieles a la misión recibida de Cristo, seamos testigos fieles de su encargo.
1. Por la Iglesia, por el Santo Padre Benedicto XVI, por los obispos y sacerdotes, para
que sean capaces de anunciar siempre a Cristo, la Palabra de Dios hecha carne, y comunicar
la multiforme gracia divina que nos salva mediante los Sacramentos.
2. Por los gobernantes, para que, fieles a su misión de servidores del bien común, promuevan
siempre la libertad que haga posible que ningún camino quede cerrado a quien,
en el nombre de Cristo resucitado, se compromete a hacerse cada vez más prójimo del
ser humano.
3. Por las comunidades cristianas, para que el Señor las convierta en apasionadas
anunciadoras de la Buena Noticia, también en la nueva «ágora» que han dado a luz los nuevos medios de comunicación.
4. Por las familias cristianas y, especialmente, por los jóvenes, para que no se dejen
seducir por los valores efímeros que les ofrece el mundo.
5. Por los profesionales de los medios de comunicación, para que, mediante el testimonio
de los creyentes, se sientan llamados a ser testigos en el mundo actual de la vida
renovada que surge de la escucha del Evangelio de Jesús, el Hijo eterno que ha habitado
entre nosotros para salvarnos. Escucha nuestras súplicas y acoge, Padre Santo, las oraciones que te presentamos. Te
lo pedimos por Jesucristo, tu Hijo y Nuestro Señor, que vive y reina por los siglos de los
siglos. Amén.
Monición final
“Mientras miraban fijos al cielo, viéndole irse, se les presentaron dos hombres, vestidos
de blanco, que les dijeron: Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo
Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse”.
Hermanos: Al concluir nuestra celebración, nos sentimos llamados a ser testigos de lo que
hemos visto y oído. Que nuestra eucaristía continúe en nuestras tareas cotidianas.
DOCUMENTOS ADJUNTOS
Mensaje de S.S. Benedicto XVI
La Iglesia en Internet
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