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Homilía Mons. Asenjo en el XXV Aniversario de la Coronación de Ntra Sra de la Esperanza de Triana

Sevilla, Catedral, 3 junio 2009

Lecturas de la fiesta de la Asunción

Queridos hermanos y hermanas, haciéndoos presente mi alegría por compartir con vosotros la mesa del pan y de la palabra de Dios en el corazón del triduo solemnísimo con el que la Hermandad Sacramental de Ntra. Sra. de la Esperanza de Triana celebra el XXV aniversario de la coronación pontificia de su titular. Bien sé yo que vuestra Hermandad, con casi seis siglos de historia,  es una de las más antiguas no sólo de Sevilla y Andalucía, sino también de toda la Iglesia en España. Bien sé yo del arraigo que vuestra Hermandad tiene en esta ciudad, con más de nueve mil cofrades. Bien sé yo de vuestro empeño por extender el amor y la adoración al Santísimo Sacramento, corazón de de la Iglesia, y la devoción a vuestros sagrados titulares, el Santísimo Cristo de las Tres Caídas y nuestra madre bendita, Ntra. Sra. de la Esperanza. La fecha del dos de junio de 1984 está escrita con letras de oro en los anales de la ciudad de Sevilla, en la historia de la Hermandad de Ntra. Sra. de la Esperanza de Triana y en el corazón de todos sus devotos. En dicha fecha, que con toda seguridad muchos de vosotros recordáis con emoción y de la que ayer se cumplieron veinticinco años, el Cardenal Bueno Monreal, auxiliado por el Arzobispo Fray Carlos Amigo Vallejo, coronó a vuestra titular en nombre del Santo Padre Juan Pablo II, que había aprobado dicha ceremonia el 7 de abril de 1983 mediante un documento del mayor rango, una bula pontificia signada con el anillo del Pescador.

Es muy posible que alguno de vosotros se pregunte: ¿Por qué la Iglesia corona las imágenes más veneradas de la Santísima Virgen? La respuesta es muy sencilla: la Iglesia corona las imágenes de la Virgen porque María es reina, porque después de su asunción a los cielos, fue coronada por la Santísima Trinidad como reina y señora de todo lo creado. Esta verdad, creída siempre en la Iglesia, hunde sus raíces en la Palabra de Dios, como nos lo han sugerido las lecturas que acabamos de proclamar. El libro de los Salmos anuncia proféticamente la entronización de María, enjoyada con oro, a la derecha de su Hijo en la gloria celestial (Sal 44,11). El Apocalipsis, por su parte, cierra sus alentadoras visiones orientando nuestra mirada a María, la "mujer vestida de sol, con la luna por pedestal y coronada con doce estrellas" (Apoc 12,1). También los Padres de la Iglesia en los primeros siglos celebran esta verdad consoladora. Descuella entre ellos San Ildefonso de Toledo, uno de los más grandes cantores de la realeza de María en el corazón del siglo VII, a la que prodiga los títulos de Señora, Dueña, Dominadora y Reina. La liturgia, por su parte, llama a la Virgen Reina del cielo, Reina y madre de misericordia.

María es reina por ser la madre del que es "Rey de reyes y señor de los señores" (Apoc 19,16). María es reina por haber cooperado activamente con su Hijo en la obra saludable de nuestra redención. Si Jesucristo es rey por ser Dios, María es reina por ser madre de Dios. Si Cristo es rey del mundo por ser su redentor, María es reina por ser corredentora, al aceptar el dolor y la muerte de su Hijo y ofrecerla al Padre por la salvación de toda la humanidad. Por ello, el Concilio Vaticano II afirma con mucha concisión y claridad que María, "asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial, fue ensalzada por el Señor como reina del universo con el fin de que se asemejase de forma más plena a su Hijo, Señor de los señores y vencedor del pecado y de la muerte" (LG 62).

La coronación de María como reina del mundo, es para todos nosotros, la humanidad peregrina que gime en este valle de lágrimas, signo de esperanza segura y de consuelo hasta que llegue el día del Señor (LG 68). Ella, como primera redimida por el misterio pascual de su Hijo, nos ha precedido en el reino prometido a los que son fieles, a los que, como ella, hacen de su vida un sí a Dios. Allí reinaremos con Cristo y con María (Apoc 22,5); nos sentaremos sobre tronos (Lc 22,29-30) y recibiremos la corona de la justicia (2 Tim 4,7-8), la corona de la vida (Sant 1,12; Apoc 2,10), la corona de gloria que no se marchita (1 Pet 5,4). Este es el destino feliz que aguarda al Pueblo de Reyes que constituimos todos los bautizados.

En esta hora de la Iglesia y del mundo marcada por la desesperanza, en la que tantos hombres y mujeres han perdido la fe en las promesas de Dios y en la vida eterna, causa sin duda del desvanecimiento de los valores morales, la contemplación del triunfo de María y su coronación como reina y señora de todo lo creado, robustece nuestra esperanza en medio de las luchas y dificultades de la vida. La resurrección del Señor, Cabeza del Cuerpo Místico, y su victoria sobre la muerte es prenda de la resurrección de sus miembros. El triunfo de María, el miembro más excelso de la Iglesia y primicia de la nueva humanidad (1 Cor 15,20), es la confirmación de que también la Iglesia y cada uno de sus hijos seremos algún día partícipes de su triunfo. El misterio de la coronación de la Virgen humilde y fiel, que responde a la propuesta del ángel acogiendo el designio de Dios sobre ella (Lc 1,37), nos ayuda a comprender el valor relativo de las glorias, placeres y grandezas de este mundo, frente a lo único verdaderamente decisivo e importante, la posesión de Dios, el abrazo definitivo con Él, la contemplación de la infinita dulzura de su rostro por toda la eternidad y el premio eterno que Dios tiene reservado para los que le aman.

El misterio de la coronación de la Virgen nos desvela además la misión de María en la vida de la Iglesia y en nuestra propia vida. María es la mujer que hiere la cabeza de la serpiente en los umbrales de la historia y se nos muestra como garantía segura de victoria (Gén 3,15). María es la señal que da Dios al rey Acaz por medio de Isaías: una virgen dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Dios-con-nosotros (Is 7,13-15). María es la señal que sube del desierto, a la que saluda el Cantar de los Cantares como columna de humo sahumado de mirra y de incienso y de toda suerte de aromas exóticos (Cant 3,6). María es la señal magnífica y deslumbrante que llena por entero la apoteósica visión del capítulo 12 del Apocalipsis. En ella aparece un enorme dragón rojo, calificado como "la serpiente antigua, el llamado diablo y Satanás, el seductor del mundo entero" (Ap 12,9), en lucha perenne contra la humanidad. En el fragor de esta lucha se levanta el signo grandioso de la Virgen victoriosa sobre el gran dragón, que es entronizada como reina a la derecha de su Hijo. Con ello nos enseña San Juan que en la lucha espiritual entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte, entre el pecado y la gracia, es decisiva la ayuda de María a la Iglesia y a cada uno de los cristianos para lograr la victoria definitiva sobre el mal.

María, queridos hermanos y hermanas, es la senda por la que Dios se hace presente en nuestra historia. Por ello, es el lugar de encuentro de la humanidad con Dios y el camino más enderezado para llegar a Él. La liturgia secular de la Iglesia la llama "puerta dichosa del cielo". La llama también "estrella del mar", porque nos guía hacia Cristo, puerto de salvación. Desde las alturas de Dios María contempla a sus hijos. Como madre solícita, vela por nosotros, sostiene nuestro esfuerzo, alienta nuestra fidelidad y "continúa alcanzándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna" (LG 62). Ella es la prenda de Dios; ella es para nosotros sus hijos pilar de firmeza indestructible. Nos lo dice la Escritura Santa. Nos lo dice también la tradición cristiana, la enseñanza perenne de la Iglesia y el sentido de la fe de nuestro pueblo, que siempre se ha acogido bajo el amparo de aquella que es abogada nuestra, auxilio de los cristianos, socorro y medianera entre Dios y los hombres.

En esta tarde del segundo día del triduo en honor de Ntra. Sra. de la Esperanza de Triana, yo os invito, queridos hermanos y hermanas, a coronar a la Virgen en vuestros corazones, siguiendo la estela de vuestros predecesores hace veinticinco años. En esta tarde, queridos cofrades de esta seis veces centenaria Hermandad, yo os propongo un lema para esta efemérides solemne: "María en el corazón"; "María en el corazón" de vuestros niños, de vuestros jóvenes cofrades, de vuestras familias; “María en el corazón" de todos sus devotos. Si, queridos hermanos y hermanas, pongamos a Ntra. Sra. de la Esperanza en el centro de nuestros corazones y de nuestras vidas. Caminemos con ella, "a la zaga de su huella", poniéndola como estandarte de nuestra peregrinación en esta tierra. ¡Qué mejor compañía que la de María! Que a partir de hoy, con un gozo y un compromiso renovados, Santa María de la Esperanza de Triana sea el centro de nuestros pensamientos, el norte de nuestros anhelos, el apoyo de nuestras luchas, el bálsamo de nuestros sufrimientos y la causa redoblada de nuestras alegrías. Con "Santa María de la Esperanza en el corazón", queridos hermanos y hermanas, nuestra vida se convertirá en un camino de conversión y de gracia, de reconciliación con Dios y con los hermanos, de fraternidad y servicio humilde y esmerado a los pobres y a los que sufren, y en un manantial de santidad, de dinamismo apostólico y misionero y de fidelidad a vuestra vocación cristiana y cofrade.

En esta tarde, en que la Ntra. Sra. de la Esperanza de Triana nos mira con especial ternura, nos dirigimos a ella y la invocamos. Le pedimos por la Iglesia, para que no desfallezca en el camino de la Nueva Evangelización. Le pedimos por el Papa, por nuestra Archidiócesis, por nuestro Cardenal Arzobispo, por los sacerdotes, consagrados y laicos. Le pedimos por Sevilla, por las familias, por los ancianos, los enfermos y por todos los que sufren las consecuencias de la crisis económica. Le pedimos que suscite vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada entre los jóvenes sevillanos y muy especialmente entre los jóvenes de vuestra Hermandad. Le pedimos también que aliente a nuestras autoridades en su servicio al auténtico bien común. Le pedimos, por fin, que todos los hijos e hijas de esta ciudad sean siempre fieles a sus raíces cristianas y a su mejor historia. Guíanos a todos a amar, adorar y servir a Jesús, el fruto bendito de tu vientre, ¡oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María! Amén.

 

+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo Coadjutor de Sevilla

 

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