I Encuentro de Consejos Locales de la HH. y CC. de la Archidiócesis de Sevilla
24 de Octubre de 2009
Presidido por
Excmo. y Rvdmo. Sr. D. Juan José Asenjo Pelegrina, Arzobispo Coadjutor de Sevilla

Orden de actos a celebrar:
Rezo de la Oración “Adsumus” de San Isidoro de Sevilla.
Bienvenida a cargo de D. Francisco Miguel Pérez Rancel, Presidente del Consejo Local de Hermandades y Cofradías de Osuna.
Presentación de la Jornada a cargo de D. Manuel Soria, Delegado Diocesano de HH. y CC.
Presentación de las actividades de la Delegación Diocesana de Hermandades y Cofradías para el Curso 2009-2010.
Interviene D. Agustín García Rodero, Director del Instituto de Formación de Jóvenes de HH. y CC. Comunicaciones de interés.
Conferencia a cargo del Excmo. y Rvdmo. Sr. D. Juan José Asenjo Pelegrina, Arzobispo Coadjutor de Sevilla.
Crónica del I Encuentro de Consejos Locales de la Archidiócesis de Sevilla
Osuna, 24 Septiembre de 2009
Formación Cofrade
El pasado sábado, día 24 de octubre de 2009, en la Ciudad de Osuna tuvo lugar el Primer encuentro de Consejos Locales de HH. y CC. de la Archidiócesis de Sevilla, presidido por el Excmo. y Rvdmo. Sr. D. Juan José Asenjo Peregrina, Arzobispo Coadjutor de Sevilla.
El Consejo Local anfitrión, presidido por el Sr. D. Francisco Miguel Pérez Rangel, acogieron a todos los asistentes colmándolos de atenciones, en una institución de belleza singular y llena de historia como la Universidad de Osuna que data del año 1548.
Asistieron trece Consejos Locales de los veintidós que componen la Diócesis. Los que acudieron a la cita son:
- CONSEJO DE HH. Y CC. DE SANLUCAR LA MAYOR
- CONSEJO DE HH. Y CC. DE DOS HERMANAS
- CONSEJO DE HH. Y CC. DE PARADAS
- CONSEJO DE HH. Y CC. DE ALCALÁ DE GUADAIRA
- CONSEJO LOCAL DE HH. CC. DE OSUNA
- CONSEJO DE HH. CC. DE LAS CABEZAS
- CONSEJO DE HH. CC. MORON DE LA FRONTERA
- CONSEJO DE HH. CC. UTRERA
- CONSEJO DE HH. CC. CARMONA
- CONSEJO DE HH. CC. ESTEPA
- CONSEJO HH. CC. LOS PALACIOS Y VILLAFRANCA
- CONSEJO HH. CC. MARCHENA
- CONSEJO HH. CC. SEVILLA

El Sr. D. Francisco Miguel Pérez Rangel dio la Bienvenida a todos los asistentes, presentando la Jornada el M. I. Sr. D. Manuel Soria Campos, Pbro. Delegado Diocesano de Hermandades y Cofradías, lo acompañó en todo momento el Ilmo. Sr. D. Manuel Sánchez Heredia, Pbro. Vicario Episcopal de la Zona Sur.
La presentación de las actividades de la Delegación Diocesana de HH. y CC. para la Archidiócesis de Sevilla, Corrió a cargo del Sr. D. Agustín García Rodero, Director del Instituto de Formación de Jóvenes de HH. y CC., de la propia Delegación Diocesana.
La Sra. Dª María Remedios Vilches Trujillo, Consejera de Hermandades Sacramentales del Consejo General de HH. y CC. de Sevilla, expuso en el apartado Comunicaciones de Interés de esta jornada, el proyecto que lidera con Hermandades de Sevilla llamado “Fraternitas”. Proyecto de Acción Social conjunta de colaboración en el Polígono Sur de Sevilla, centrado en actividades educativas y lúdicas para niños y jóvenes. Así mismo y dentro del mismo apartado, el Sr. D. Francisco José Duarte Maqueda, Presidente del Consejo General de HH. y CC. de Marchena, informó los Cursos de Formación para futuros miembros de Juntas de Gobierno y Hermanos Mayores, que vienen durante cinco años realizando en su localidad con excelentes resultados.
Después del rezo del Ángelus, con más de 75 participantes, Mons. Asenjo centro su magistral intervención en la necesidad de la Formación Cristiana y profundizar en los misterios de nuestra fe. En breve dispondremos del texto completo de su conferencia que publicaremos.
La celebración de la Eucaristía votiva del Espíritu Santo, fue en la capilla del Monasterio de la Encarnación, antiguo hospital rehabilitado por la orden Mercedaria en 1626.
Después de disfrutar de una magnífica verdadera Comida de Hermandad, se realizó una visita turística guiada a la Colegiata y al Museo de Arte Sacro que contiene el mismo monasterio.


De derecha a izquierda: D. Agustín García Rodero, D. Manuel Soria Campos,
D. Manuel Sánchez Heredia
y D. Francisco Miguel Pérez Rangel




Dª María Remedios Vilches Trujillo exponiendo el Proyecto Fraternitas

D.
Francisco José Duarte Maqueda, Presidente del Consejo General de HH. y CC. de Marchena,
explicando el Curso Formativo para futuros miembros de Junta de Gobierno y Hermanos Mayores.



Conferencia del Excmo. y Rvdmo. Sr. D. Juan José Asenjo Pelegrina, Arzobispo de Sevilla
ENCUENTRO DEL ARZOBISPO COADJUTOR CON LOS
CONSEJOS LOCALES DE LAS HERMANDADES
Y COFRADÍAS DE LA ARCHIDIOCESIS
“PARA DAR RAZÓN DE NUESTRA FE Y DE NUESTRA ESPERANZA” (1 Pd 3,15)
LA FORMACIÓN COFRADE
Osuna, 24, X, 2009

1. Comienzo mi intervención saludando cordialmente al Delegado Diocesano de Hermandades y Cofradías, D. Manuel Soria, a los Presidentes y miembros de las Juntas de Gobierno de los Consejos Locales, que habéis querido acudir a esta cita con el Arzobispo Coadjutor. Sed bienvenidos todos. Comienzo mi intervención dando gracias a Dios que me permite encontrarme con vosotros. Os manifiesto mi alegría por este encuentro y también, y una vez más, mi afecto y aprecio por las Hermandades, el mismo que he tenido ocasión de expresaros en todas las ocasiones en que me he reunido con vosotros, bien en los retiros que tuvimos en Cuaresma en Betania, bien en mi despacho o en los actos litúrgicos a los que me habéis invitado. Séame permitido también expresaros mi reconocimiento por el importante servicio que prestáis a la Iglesia, tanto los Consejos como cada una de las Hermandades y Cofradías de la Archidiócesis, al mismo tiempo que reitero una vez más mi propósito de estar cerca de vuestras instituciones, de acompañarlas, apoyarlas y ayudarlas hasta donde me sea posible, pues reconozco en ellas un camino fecundo de evangelización y de vida cristiana en Sevilla y un dique eficaz y fecundo contra la secularización en nuestra tierra.
2. Una vez más quiero subrayar la esencial naturaleza religiosa de las Hermandades y Cofradías, más allá de su relevancia social o cultural, al mismo tiempo que os advierto del peligro del desvanecimiento de su naturaleza religiosa, que consiste en prestar una atención prevalente a las dos dimensiones citadas, con menoscabo de su identidad más genuina, como camino que deben ser de conversión, de vida cristiana, de servicio a los pobres y forja del compromiso apostólico de sus miembros. Como la Iglesia, que ante todo es sacramento de Jesucristo, es decir, medio o instrumento para que los hombres entren en contacto con Cristo, único medidor y salvador, vuestras instituciones deben ser también para sus miembros sacramento y camino para el encuentro con el Señor, camino de vida interior y de una espiritualidad recia, camino de santidad y de comunión con la Iglesia diocesana y con la parroquia. Una de las notas que caracterizan a las Hermandades de acuerdo con su propia denominación es la vivencia comprometida de la hermandad, la fraternidad y la unidad interna. Las divisiones son un escándalo que dañan a la Iglesia, algo ante lo que todos deberíamos ser muy sensibles. También quisiera subrayar la necesidad de que todos los miembros de estas instituciones sean ejemplares en su vida personal y familiar, especialmente los Hermanos Mayores y los miembros de las Juntas de Gobierno y mucho más, incluso, los Presidentes de los Consejos. De forma análoga quiero recordaros vuestro deber de cuidar a los jóvenes cofrades, que son el futuro de las Hermandades y Cofradías, y de valorar el papel de los directores espirituales, que no son meros objetos decorativos o figuras prescindibles.
3. Después de esta introducción, en la que he recordado aspectos bien conocidos por todos, quiero centrar mi intervención en la necesidad de la formación, que tanto se valora hoy día en los ambientes profesionales, en nuestro caso la formación en los misterios de nuestra fe, de cara a la misión, el apostolado y la evangelización. Hoy más que nunca la Iglesia necesita cristianos y cofrades bien formados. Fue en el año 1983 cuando el Papa Juan Pablo II desde Haití, emplazó a toda la Iglesia a una Nueva Evangelización, "con un nuevo ardor, con nuevos métodos y nuevas expresiones". En aquella ocasión y en otras muchas hasta su muerte, nos recordó que la Nueva Evangelización debe ser tarea común de todo el Pueblo de Dios, de los Obispos, sacerdotes, consagrados y laicos, sin los cuales será sencillamente imposible. Ellos desempeñaron un papel decisivo en la evangelización del mundo mediterráneo los albores de la era cristiana y deben seguir desempeñándolo ahora. Pero para evangelizar es necesario previamente estar evangelizados y convertidos y es indispensable también la formación. En el documento de nuestra Conferencia Episcopal, Cristianos laicos, Iglesia en el mundo, de noviembre de 1991, que en absoluto ha perdido actualidad, se nos decía que “la formación de los laicos es una prioridad de máxima urgencia para toda la Iglesia” (n. 70). Tal formación, tiene como destino primero el individuo, pero ante todo y sobre todo la comunidad, lo cual quiere decir que debe estar orientada a la misión evangelizadora (n. 71). El citado documento nos dice también que “es preciso sensibilizar a todos los cristianos -sacerdotes, religiosos y laicos-, sobre la importancia de la formación para reconocer más plenamente y asumir más conscientemente sus responsabilidades como laicos militantes en la vida y misión de la Iglesia”. Dicha formación deberá ser integral, es decir, “espiritual, doctrinal y apostólica, a fin de ser y vivir lo que confiesan y celebran, y anunciar lo que viven y esperan” (n. 72).
4. Desde hace décadas, como escribió el Papa Juan Pablo II en la Exhortación apostólica Ecclesia in Europa, la cultura europea se está deslizando hacia una especie de "apostasía silenciosa" por parte del hombre autosuficiente, que vive como si Dios no existiera" (n. 9). Precisamente por ello, la Iglesia más que nunca tiene el deber de anunciar al mundo que Jesucristo es su única esperanza, su única posible plenitud. En esta tarea el papel de los laicos es insustituible. Su testimonio de fe es particularmente elocuente y eficaz, porque se da en la realidad diaria y en los ámbitos a los que un sacerdote no puede acceder o accede con dificultad. Un caso típico es la política, el mundo de la economía y del trabajo y la entera vida pública (CFL 42), ámbitos en los que los laicos deben dar un testimonio visible y valiente de los valores cristianos, que hay que reafirmar y defender. La Iglesia necesita hoy más que nunca laicos cristianos comprometidos, que sean creyentes y testigos. En realidad, la renovación del compromiso apostólico de los laicos y muy especialmente de quienes tienen como misión formar las mentes y los corazones de los hombres de hoy, sobre todo los padres y los educadores, es una de las primeras prioridades de la Iglesia en esta hora. Hace algunos meses, Olegario González de Cardedal escribió una preciosa tercera página de ABC, en la que afirmaba que “la iglesia en España tiene atrofiado uno de sus pulmones, necesario para la respiración interior y acción exterior: los seglares”. Afirmaba también que la nuestra sigue siendo una Iglesia excesivamente clerical y que necesitamos con urgencia un laicado vigoroso, apostólico, con un presencia fuerte, confesante, significativa y evangelizadora en la vida pública.
5. El Papa Benedicto XVI, en su discurso a los Obispos polacos en Visita al Limina el 3 de diciembre de 2006 llamaba la atención sobre la urgencia de la renovación moral de la sociedad, que no puede ser superficial o parcial, pues necesita una profunda transformación en las costumbres y en la jerarquía de valores. Urgía también el compromiso de los laicos por conservar las raíces cristianas de Europa y su identidad, que no puede entenderse sin el cristianismo, aspecto éste en el que está insistiendo reiteradamente en los últimos meses. Y en un discurso al Pontificio Consejo para los Laicos en el año 2006 hablaba de la urgencia de la formación de los laicos llamados a testimoniar “la belleza de la verdad y la alegría de ser cristianos” en las familias, en el mundo del trabajo, en la sociedad y en particular entre los jóvenes. “De modo particular, confirmo la necesidad y la urgencia de la formación evangélica y del acompañamiento pastoral de una nueva generación de católicos comprometidos en la política, que sean coherentes con la fe que profesan, que tengan rigor moral, capacidad de juicio cultural, competencia profesional y pasión de servicio por el bien común”.
6. En su primera carta, el apóstol San Pedro pide a los primeros cristianos, que viven en un mundo pagano y hostil, que "estén siempre dispuestos a dar razón de su esperanza a todo el que se la pidiere" (1 Ped 3,15). El mundo en el que nosotros vivimos guarda muchas analogías con aquel al que debieron enfrentarse las primeras generaciones cristianas. En esta coyuntura se hace más necesaria que nunca la formación doctrinal sólida y profunda en las verdades de la fe y de la moral católicas. Con ella, junto con una intensa vida de oración y un esfuerzo sincero por ser santos, seremos capaces de vivir nuestra condición y misión de católicos en un mundo que se presenta cada vez más hostil al Evangelio. Para vivir nuestra fe con autenticidad y para dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza, necesitamos primero conocerla y estar convencidos de ella. Ciertamente la fe es un don gratuito que hemos recibido de Dios, pero esto no significa que haya de ser irracional y ciega. Debe ser una fe ilustrada y formada.
7. En el ambiente en que vivimos continuamente se están poniendo en tela de juicio, cuando no se atacan frontalmente, nuestras creencias y valores más importantes, al tiempo que, con una velocidad que pasma, va ganando espacios amplios una mentalidad y un estilo de vida contrarios al Evangelio y a la verdadera dignidad de la persona humana. Esto lo constatamos cada día en los medios de comunicación, sobre todo audiovisuales. Lo constatamos también en los programas educativos, en nuestro caso en la nueva área conocida como Educación para la Ciudadanía, toda ella penetrada por el relativismo moral, el laicismo y la ideología de género. Lo comprobamos además en las iniciativas legislativas de muchos gobiernos, entre ellos el nuestro, que están promoviendo leyes muy alejadas de la moral natural y de la recta razón. Lo constatamos incluso en las conversaciones ordinarias con los compañeros de trabajo o con los amigos. Da la impresión de que ser «moderno» y «católico» son términos antitéticos e incompatibles. Ocurre también, por desgracia, que cuando en tertulias o conversaciones más o menos informales se ponen en tela de juicio las verdades doctrinales o las propuestas morales defendidas por la Iglesia, muchos católicos no saben cómo reaccionar. Otros se encogen de hombros o, a lo sumo, responden con una frase tópica: «yo digo lo que diga la Iglesia», aunque desconozcan por qué lo dice. Abundan también aquellos que viven su fe y su condición de católicos con un cierto complejo de inferioridad, de tapadillo y como avergonzados por el hecho de serlo.
8. Quizá los fenómenos más difundidos en nuestra sociedad, sobre todo en el primer mundo, sean el subjetivismo religioso y ateísmo práctico. El subjetivismo concibe la fe como un mero sentimiento personal y no como la aceptación firme de cuanto Dios nos ha revelado y la Iglesia nos enseña. Para quienes así piensan, las verdades religiosas que debemos creer son aquellas que dimanan de la propia conciencia y de la propia sensibilidad. Es lo que se ha dado en llamar la “religión a la carta”, que es un catolicismo a la medida de cada cual. El ateísmo práctico se da cuando, aún aceptando teóricamente a Dios y las verdades que la Iglesia nos propone, vivimos en el plano personal, familiar o profesional como si Dios no existiera, guiados por valores e intereses contrarios al Evangelio. Por otra parte, como nos advirtiera Juan Pablo II, asistimos en estos momentos a un florecimiento del nihilismo, del pragmatismo y hasta del hedonismo cínico, que configura la vida diaria según el conocido axioma del epicureismo: "comamos y bebamos que mañana moriremos" (EinE 9), una de las más viejas formas de paganismo.
9. Viejas o no tan viejas, porque hace unos días leía yo la noticia de la presentación en una capital del norte de España de un llamado "Manifiesto del neopaganismo", que pretende ser un canto a la belleza, a la juventud, al sexo, a las delicias del placer y los deleites refinados. El credo del neopaganismo, que se presenta como una nueva cultura y casi como una nueva religión, sería amar, vivir, gustar de la plenitud del cuerpo, cultivar la inteligencia y aguzar la sensibilidad, gozar de la vida en libertad sin ningún tipo de barreras morales. Son los nuevos ídolos ante los que se arrodillan muchos hombres y mujeres de nuestra generación, a los que hay que sumar, entre otros, el afán de poder y de dominio sobre los demás, el orgullo y el afán de brillar y sobresalir, el confort, el dinero, el tener, el consumir, el disfrutar, el egoísmo en suma que nos repliega sobre nosotros mismos y nos hace insolidarios y sordos ante las urgencias, los dolores y los sufrimientos de nuestros hermanos. Son los nuevos ídolos ante los que se postran tantos contemporáneos nuestros.
10. Además del neopaganismo, hay también quien sucumbe al relativismo, fruto del pensamiento débil, que afirma que no existen verdades absolutas, o al escepticismo que renuncia a conocer la verdad porque lo considera imposible, porque la verdad es inalcanzable. Esta indiferencia ante la verdad es una manera cómoda e infantil, por no decir egoísta, de afrontar la vida sin complicaciones mayores, renunciando a encontrar la respuesta a los interrogantes más profundos de la existencia humana.
11. A pesar de todos estos fenómenos, existen también, gracias a Dios, no pocos católicos que viven su fe con empeño y alegría. La conocen, tratan de vivirla con autenticidad y son capaces de comunicarla a cuantos viven a su alrededor. Yo me he encontrado, tanto en Córdoba como en Sevilla, este tipo de católicos, bien formados, incondicionales, que aman a Jesucristo y a la Iglesia, ejemplares en su vida personal y familiar y con corazón de apóstol. Aunque sean una minoría, constituyen una fuente de esperanza para la Iglesia y, al mismo tiempo, un estímulo que nos debe llevar al convencimiento de que difícilmente podremos vivir nuestra fe, y menos aún dar un testimonio atrayente de ella, si no la conocemos, siendo cierto también aquello que nos dejó escrito el Papa Pablo VI en Evangelii nuntiandi, “la fe se fortalece dándola”, lo cual quier decir que si no se comparte, si no se comunica, corre el riesgo de asfixiarse y de esterilizarse.
12. Me pregunto cuántos de nosotros tenemos un conocimiento al menos suficiente de las verdades de la fe, de la moral católica y de la historia de la Iglesia, en la que si cierto que hay sombras y arrugas por los pecados de sus miembros, es también verdad que la luz es incomparablemente más intensa que las sombras, a pesar de los mensajes contrarios de la literatura sensacionalista, la mayor parte de las veces mendaz y poco científica. Un casi típico es la última película de Amenábar, Ágora, una película verdaderamente anticristiana, una verdadera manipulación de la historia. Me pregunto cuántos de nosotros seríamos capaces de exponer de manera convincente, por ejemplo, la postura de la Iglesia sobre el celibato sacerdotal o el sacerdocio femenino, sobre la indisolubilidad del matrimonio, el aborto, la anticoncepción, etc. Me pregunto cuántos de nosotros tenemos un conocimiento preciso sobre la historicidad de los evangelios, la divinidad de Jesús, la virginidad de la Santísima Virgen, la necesidad de la Iglesia para la salvación, la resurrección de la carne y la vida eterna, etc. Me pregunto cuántos de nosotros seríamos capaces de responder con solvencia a la sarta de disparates, manipulaciones y mentiras objetivas que se contienen en el "Código da Vinci", por citar una obra que estuvo muy en boga hace tres años y que hizo mucho daño a muchos católicos que se acercaron a ella acríticamente por snobismo o por curiosidad.
13. Todo esto supuesto, la Iglesia necesita católicos bien preparados y con las ideas claras. Para ello no basta con la catequesis que recibimos en la infancia. Resultaría ridículo, aparte de imposible, querer ponernos ahora el traje de nuestra primera comunión. Igualmente resultaría ridículo responder a las objeciones y problemas que se nos plantean en relación con la fe, por animadversión o por ligereza, con los simples conocimientos aprendidos en la infancia. «Cuando yo era niño –nos confiesa san Pablo-, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño. Al hacerme hombre, dejé todas las cosas del niño» (1 Cor 13,11). Esto quiere decir que necesitamos una fe adulta, es decir, cultivada y profundizada con seriedad. Y esto sólo es posible con una formación permanente, metódica y sistemática.
14. El abandono de la Iglesia o de enfriamiento de la fe tienen muchas veces como causa, en el fondo, un conocimiento insuficiente de las verdades cristianas más elementales. Una fe que no se conoce no se aprecia, ni se ama, ni se defiende. Porque sólo se ama aquello que bien se conoce, es necesaria la formación doctrinal junto con el amor y la amistad con el Señor, porque es en la intimidad con Él donde adquirimos esa especie de afinidad o connaturalidad con la verdad que nos permite penetrar en el misterio. En la EA Christifideles laici (n. 58), el Papa Juan Pablo II decía que la formación de los laicos y el cultivo de la espiritualidad han de caminar en paralelo. Otro tanto afirmaban los Obispos españoles en 1991 en Cristianos laicos, Iglesia en el mundo. Allí se nos dice que, junto a la formación doctrinal, los laicos han de "celebrar y alimentar la fe en los sacramentos y en la oración personal y comunitaria; configurarse con Cristo y como Él, conocer y cumplir la voluntad del Padre, guiados por el Espíritu Santo" (n. 76).
15. Así lo afirmaba también el Cardenal Ratzinger en la homilía que pronunció durante la Misa con que se iniciaba el cónclave que lo elegiría Papa el 18 de abril de 2005: "Cuántos vientos de doctrina falsos hemos conocido en estos últimos años, cuántas corrientes ideológicas, cuántas maneras de pensar. La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha estado agitada permanentemente, de un extremo al otro..., del marxismo al liberalismo, incluso al libertinaje, del colectivismo al individualismo radical, del ateísmo a un vago misticismo religioso, del agnosticismo al sincretismo. [...] Tener una fe clara, según el credo de la Iglesia, se etiqueta a menudo como fundamentalismo. Mientras el relativismo, es decir, el dejarse llevar por cualquier viento de doctrina, aparece como el único atisbo que parece imperar en los tiempos actuales. Se va constituyendo en la actualidad, una dictadura del relativismo que no conoce nada como definitivo y que deja como única medida sólo el propio yo y la propia voluntad. [...] "Adulta" no es una fe que sigue los vientos de la moda, de la última novedad; adulta y madura es una fe profundamente radicada en la amistad con Cristo y esta amistad es la que nos abre a todos a lo bueno y la que nos da el criterio para discernir entre lo verdadero y lo falso, entre la mentira y la verdad. Esta fe adulta debemos madurarla en el servicio de Cristo". Formación, pues, queridos hermanos Presidentes de los Consejos locales, y también espiritualidad, sin la cual la formación y los conocimientos se convierten en dureza y esterilidad.
16. En el apostolado, al que todos estamos llamados, la falta de formación debida al desinterés no se suple con nada, ni siquiera con la buena voluntad. Sin conocimiento no hay convencimiento, y sin convencimiento no podemos irradiar nuestra fe. El Señor nos dice en el Evangelio que "el Reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, alegre, vende todo lo que tiene para comprarlo" (Mt 13,44). La fe es el don más grande que hemos recibido de Dios junto con la vida; un tesoro que Él infundió en nuestros corazones el día de nuestro bautismo. Sólo cuando lo «desenterramos», es decir, cuando lo vamos conociendo más y más, podemos descubrir su verdadero valor y experimentar su belleza. Sólo entonces estaremos dispuestos a «vender» todo para defender el tesoro de nuestra fe y compartirlo con entusiasmo con los demás.
17. El Señor nos pide a los cristianos en el Evangelio que seamos luz y sal (Mt 5,14). Nos pide también que no pongamos la luz debajo del celemín, sino encima del candelero para que alumbre a todos los de casa. Estamos, pues, llamados a ser luz, apóstoles y testigos de Jesucristo. No podemos esconder la luz de Cristo y de su doctrina. Tenemos que difundirla con la palabra y con la vida. Pero para ello necesitamos conocer con profundidad la doctrina católica, y ser capaces de exponerla y defenderla con fuerza, valentía y convicción.
18. Esta necesidad de formación es apremiante para quienes tienen la misión específica de educar a los niños y jóvenes: los catequistas y los profesores de Religión. Es importantísima también para los padres y madres de familia, que deben ser los primeros educadores en la fe. «La catequesis familiar precede, acompaña y enriquece toda otra forma de catequesis» (Juan Pablo II, EA Catechesi Tradendae, 68). Y es también imprescindible para los miembros de las asociaciones de fieles aprobadas y erigidas por la Iglesia, los miembros de las Hermandades y Cofradías, cristianos cualificados, que como tales deben ser los primeros en dar testimonio de su fe y de su esperanza con vigor apostólico y sin vergüenza ni complejos.
19. La palabra de Jesús «La mies es mucha y los trabajadores pocos» (Lc 10,2), no se refiere sólo a la necesidad imperiosa que tiene la Iglesia de las vocaciones sacerdotales o consagradas. Se refiere también a la necesidad de vocaciones laicales, de laicos comprometidos. Por vuestra condición de bautizados y miembros de la Iglesia todos estáis llamados, cada uno en la medida y en el modo que el Señor le pida, a trabajar en el anuncio del Evangelio. La Iglesia necesita trabajadores generosos, bien formados, convencidos de su fe, amigos de Jesucristo y con hondura interior, que sean capaces de trabajar por la humanización de nuestro mundo y de dar testimonio valiente y convencido de Cristo en todos los foros de la vida pública: en la cultura y los medios de comunicación social, en la economía, en el mundo laboral y en la política, el arte y el deporte. Se necesitan católicos capaces de apoyar a los Obispos y a los sacerdotes en la pastoral familiar y en el acompañamiento de los jóvenes, en la catequesis, en el servicio a los pobres y en la evangelización explícita. De ahí la necesidad de la formación.
20. Es evidente que a un seglar no se le exige el mismo grado de formación que al sacerdote, a quien, por su condición de ministro de Cristo, Maestro y Pastor, se le pide una preparación más científica y especializada. Sin embargo, el seglar, sobre todo el seglar cualificado como es vuestro caso, está llamado a tener un conocimiento completo, sólido y orgánico, es decir con una visión de conjunto, de la doctrina católica y de sus contenidos fundamentales en los ámbitos de la fe y de la moral. Dichos contenidos se encuentran de manera ordenada y completa en el Catecismo de la Iglesia Católica, publicado en el otoño de 1992, y más sintética y brevemente en el Compendio del Catecismo publicado el 28 de junio de 2006, que como el Catecismo mayor tiene cuatro partes: aquello que debemos creer (el Credo), los misterios que celebramos (liturgia y sacramentos), cómo debemos vivir (la moral y la vida nueva en Cristo), y cómo debemos orar. El Catecismo es la suma o la síntesis del «depósito de la fe», es decir, de todo el tesoro de las verdades reveladas por Dios, contenidas en la Sagrada Escritura y en la Tradición de la Iglesia, explicitadas por el Magisterio a lo largo de los siglos. En él encontraremos siempre un «texto de referencia» válido para todos los católicos (cf. Introducción al Catecismo, n. 1).
21. El tiempo que dedicamos a nuestra formación en la fe puede ser un termómetro fiel del lugar real que damos a Dios en nuestra vida. Si tenemos tiempo para leer el periódico, seguir los deportes o salir con los amigos; si dedicamos tiempo para mantenernos al día en el campo profesional, ¿cómo no encontrar tiempo también para cultivar en nuestra fe? Para ayudaros en esta tarea, sin olvidar el Catecismo de la Iglesia Católica, la Delegación de Hermandades y Cofradías tiene también unos excelentes subsidios, que os pueden ayudar eficazmente. Últimamente, también nuestra Conferencia Episcopal ha publicado unos magníficos materiales de formación, cumpliendo el compromiso que adquiriera en el n. 84 de Cristianos laicos, Iglesia en el mundo. Se trata del Itinerario de Formación Cristiana de Adultos. Se han publicado ya tres tomos, dirigidos por Mons. Elías Yanes, Arzobispo emérito de Zaragoza. Son materiales excelentes, completos y muy pedagógicos. Por internet me consta que alguna Hermandad sevillana, concretamente la de Santa Marta, los está utilizando. Lo importante es que nuestros cofrades se formen, sea con el Catecismo universal, sea con los materiales de la Delegación, sea con los materiales de la Conferencia. Es responsabilidad de los Directores Espirituales, de los Hermanos Mayores y de los Vocales de Formación convocar a sus Hermanos para estudiar estos materiales en sesiones periódicas de formación, a las que deberíais dar tanta importancia como a aquellas que dedicáis a preparar vuestros cultos y desfiles procesionales. Que bueno sería, por razones de comunión y de unidad, que los Consejos locales tomaran la iniciativa de patrocinar y apadrinar estos cursos para todas las Hermandades que pertenecen a su jurisdicción en una misma ciudad.
22. Concluyo mi intervención con una frase del Papa Pío XI a propósito de los tiempos que le tocó vivir, tiempos duros para la Iglesia en una Europa convulsa, dividida y azotada por los horrores del estalinismo y del nazismo. «Demos gracias a Dios -escribió Pío XI- por hacernos vivir en tiempos difíciles, en los que no está permitido a nadie ser mediocre». Tiempos recios llamaba Santa Teresa a los tiempos que le tocó vivir en la segunda mitad del siglo XVI. Tiempos recios son también los nuestros, como los años treinta del pasado siglo y como los tiempos de Santa Teresa. Ninguno de nosotros tiene derecho en esta hora a ser tibio o mediocre, ni individualmente ni agrupados en nuestras Asociaciones, Movimientos, Hermandades y Cofradías. En el momento presente, probablemente más que en tiempos pasados, el Señor nos llama a la santidad, a ser cristianos auténticos, a tomar muy en serio nuestra fe y a prepararnos concienzudamente para transmitirla y defenderla con entusiasmo y con coraje.
+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo Coadjutor de Sevilla
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